Capítulo 23 — A grito pelado
Siempre he tenido que gritar para hacerme notar. Soy la menor de tres hermanos, y las leyes de la naturaleza del hombre me dejaron claro desde muy chiquita que o bien gritaba para hacerme notar sobre mis hermanos mayores o me quedaba en la cuneta. Así es que no me ha quedado otra que quedarme en el grito. Yo soy esa actriz que muestra más genio, la más peligrosa, la que alza la voz por encima de los demás, porque el guión dice que he de representar a alguien con mal genio y que hace las cosas con dos y por dos cojones. Así es la vida del interpretan y el mal interpretado. Así es la vida entre hostias, hermanos mayores y padres peleones.
Así es la vida que sostenemos con un dedo y que llevamos sin cambio ni rumbo, viendo venir los acontecimientos y reaccionando a grito limpio, sin más remedio que sobrevivir entre gritos y empujones, sin pensarlo dos veces, acción reacción, de lo contrario te come un tiburón. Además, a mí nadie me quiso porque las papeletas del sorteo de la feria del amor ya estaban otorgadas entre los hermanos y los primos. Por eso no me quedó otro remedio que conformarme y, entre tanto alboroto, jugar a la canasta.
La verdad, no se me daba nada mal, pero siempre he tenido tanto genio que me abría paso a empujones, metía canasta con dos cojones, me llevaba por delante a las jugadoras del otro equipo y a las mías también.
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