CAPITULO VII

Capítulo séptimo — Sobre las barandillas de los puentes levadizos

«Otro tiempo, otra vida, otra muerte, otra tierra
Donde los pobres héroes iban siempre a caballo
Y no se apeaban ni en la estatua propia.»

Mario Benedetti

«Les quería contar una historia de otro tipo,
de otra máscara,
de otro personaje…
pero para qué liarles más con mi barroquismo
y mis cábalas hebreas,
les hablaré de mí, y de los míos.
Si ya ayer fui un personaje
que se narraba
que se inventaba
que lo vivía
desde los infinitos cielos de los adentros
hasta los interminables volúmenes
de los afueras
ayer, como hoy, soy emoción:
cerebro, emoción y personaje.»

…Me llamaban Toni, Casablanca, Dana; de Ana la liebre a Toni el Rata, de Toni el Ratana a Dana Mause, cuando era el vocalista de una banda de punk glam a lo New York Dolls, aún más malos que ellos. El nombre me lo guardo por si ofendo o molesto a mis amigos y compadres de entonces, que el que más y el que menos siguen en sus trece, ejerciendo de satélites del Rock.

Así que vamos a por la mostaza, que hoy el grano se queda pequeño.

Hablar de cuando tenía 18 años, uno más, uno menos, no requiere de pequeñeces o aperitivos; precisa de infinitos mundos que se caen y que se comen, o te comen. De padres malos, de madres tontas, de pijos de mierda, de barandillas, de puentes, de riesgos y de R’N’R forever electric… Wild Flower, oh yeah, param pan pan…

De tener la muerte de frente y echarse unas risas con una Txibeca, las litronas de Barcelona en el parque de la estación. ¡Venga ese riff, carajo!

Paz, perro, paz hombre.

Pues entonces a ese Toni que ya escribía poesía y se limpiaba las resacas en la biblioteca del barrio, escuchando a Billie Holiday, Sarah Vaughan y Ella Fitzgerald, leyendo a… bueno, esto ya me lo ahorro. Todavía no quiero que descubran mi absoluta arrogancia, porque lo soy, de largo. Y me importa un carajo que sea una virtud o un defecto.

Me gustaba estar en pandilla tanto como me gustaba estar solo, mucho más solo que en pandilla, pero la edad, el rock y las máscaras son los que mandan, quienes nos batutan ayer, hoy y siempre. La solución al problema la hay, pero no la busquen fuera; allá o eres guapo o eres feo según a quién le preguntes: a tu madre, a tu prima o a la exnovia a la que le pusiste un par de veces los cuernos de gamo. ¿R’N’R, recuerdan?

Pues bueno, ahí vamos, pocos pero cojonudos, como dijo Jaime de Urrutia en un concierto para quince personas, contando a las camareras del local. Y se marcaron tres horas de chulapa madrileña puestos hasta las cejas; hasta las cejas, incluso, del técnico de sonido y el portero matón.

Me gustaba ir por las barandillas de los puentes que no eran levadizos como los de Benedetti, pero que ya los elevaba yo conmigo. Viernes, sábados, eran los días estrella, los elegidos allá en las horas intempestivas y más oscuras, en las albas de entrevías y entretiempos. Era entonces que me encaramaba a las barandillas de los puentes y me las recorría de lado a rabo y de rabo a raba, una y otra vez, como la equilibrista Koo Koo de Freaks en el banquete de bodas o como Morrison en sus sueños más letales.

Pero esto iba en serio, hasta da para una peli.

Me comía el mundo gritando, pateando, buscando el final para ver qué es lo que había detrás: si era Jesús de Nazareth, el paraíso o mi tío abuelo Francisco. Quería saber, abrir la caja del experimento del gato de Schrödinger, y me importaba un carajo si el gato estaba o no estaba, vivo o muerto; lo que quería era llegar a la caja, la dichosa caja de todos los males, las lenguas y quien las habla, las religiones y quien se las inventa, los socialistas y sus puñeteras rosas, los comunistas y sus regímenes, los de un bando y los del otro, en todas las guerras. Me ahorro comentarios sobre aquella guerra nuestra de los años treinta, ¿recuerdas?

Mis sentimientos eran la experiencia mental de mis cambios corporales, y esto para un poeta maldito y adolescente, sagitariano y extremeño, baudelairiano y rimbaudiano, torosentadisano y caballoloquiano, con mucha mala leche acumulada y un cartel luminoso en la frente donde se leía «solo para locos», era la bomba atómica del 2084, junto a todos los animales de la granja convertidos en cuervos y vampiros.

Era como Frankenstein, pero a lo guapo, muy guapo, y yo, como no, me aprovechaba de ello para mis fines, siempre para mis fines.

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