Capítulo 2 — Mi primer maestro
«A Salto de Mata», una biografía de kiosko
«Si juegas poco, si te ponen menos y además lo haces en un puesto que no es el tuyo, es como estar frente a la portería vacía, sin portero y sin defensas; solo tú, el balón, la portería, tu gol y que una voz te ordenará que no chutes».
Esta fue la frase del Sr. Antich, hombre de barrio y mi primer maestro.
Yo fui un niño que jugaba al fútbol la mayor parte del día, algo usual en los niños de los 70 y los 80. Comía Bollicaos y bebía Cacaolat. Me pirra Charlot, aún hoy lo sigue haciendo. Fui fanático de Rafael Gordillo, el «destartalado» de Almendralejo.
Genéticamente era del Betis, «man que pierda», bético hasta la médula. El Madrid y el Barcelona me la traían floja.
Mi deseo era ser como Gordillo, héroe de la mayoría de los niños futboleros de padres emigrantes del Sur. En la paleta de mis deseos estaba también ser un Félix Rodríguez de la Fuente, hablar con lobos, ser biólogo, escritor y actor como Chaplin. Hamos, lo que hoy en día llaman «multitasking».
Nunca sería como Gordillo, lógica aplastante, pero pardillo… para eso sí que lo fui un rato largo. Para serles sincero, hasta antes de ayer mismo no fui yo mismo.
Fui un niño al cual su padre, siempre ocupado con su trabajo como cocinero —chef de un gran hotel barcelonés— nunca fue a verle jugar un partido de futbol. Mi padre fue un currante nato, entre otras virtudes y desvirtudes, pero fue un padre ausente, un dios castigador omnipresente, el hombre del saco, un buen hombre. Pero nunca estuvo presente cuando yo tenía que jugar al fútbol. Hoy lo entiendo, ayer no.
Así que, por descarte debido a la ausencia del patriarca en la cancha, yo jugaba de reserva. Me sentaban en el banquillo junto a Jordi y al otro Jordi, el Segarra, que recogía las pelotas, repartía el agua y se dejaba insultar. El Segarra era un compañero de clase con discapacidades cognitivas que no hicieron más que engordarse debido al trato social. «Incompleto» lo llamaban. Fue un gran amigo; yo fui su protector, como Félix con los lobos.
Pues entonces, jugador reserva, al que sacaban al campo cuando el equipo ganaba por diferencia o perdía de largo. Ahora sí, preparado lo estaba siempre con mi cara de pardillo total, con mis calzas bajadas hasta casi los dedos gordos de los pies y el pantalón por las rodillas, como Gordillo, por si las moscas.
Bueno, vamos al grano.
El Sr. Antich, padre de Jordi, seguía religiosamente nuestros partidos cada sábado, como el que va a misa o al lavabo cada día. El Sr. Antich era campeón, no sé hoy a qué nivel, de ping-pong. Tenía la pinta de un monje Shaolin con acento catalán, menudo como una lagartija con ojos de lechuza y movimientos de brisa; un sabio de lujo que hablaba poco y al que le desagradaban las alabanzas y las euforias. Seguía los partidos callado, observando y computando estrategias. Aceptaba la suplencia de su hijo, quien no estaba hecho para ese deporte y sí para otras virtudes más intelectuales.
Y pasó que llegó el día, por cabriolas de la vida, que el Sr. Antich se tuvo que hacerse cargo del equipo. Yo siempre pensaba que venía a vernos solo por apoyar a su hijo y empujarlo a lo comunitario. Jordi no era nada social, mucho menos que yo, que ni decir tiene.
Tendrían que haber visto al Sr. Antich jugar al ping-pong; era el carajo cómo jugaba, como una lagartija-mosca difícil de seguir. Lo único que se veía era como un ente o algo parecido a un efecto artificial de esos de pelis de terror moverse alrededor de la mesa.
El primer sábado, sin entrenamiento previo, que el Sr. Antich se hizo cargo del equipo, dejó a su hijo en el banquillo —algo poco patriarcal para aquellos tiempos— y me ordenó subirme las calzas y las medias, y que me preparara para saltar al campo como extremo izquierdo titular. Me quedé flipando en colores.
La segunda orden fue que no quería verme por debajo de la línea del central ni en puestos defensivos.
— Corre, dale, corre, levanta la cabeza, mira a tu alrededor, muévete, gira…
Yo seguía sin creérmelo, me sentía como una pareja de jilgueros en su danza nupcial; una pasada.
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