CAPÍTULO X VI

Capítulo 16 — Los ideales y las ratas

Cuenta la historia que el viejo del pueblo, quieto y pálido como una gaviota muerta pendiendo de un cable eléctrico, cometió un error y un espasmo. El error fue su quietud, el miedo, el foco puesto en lo impuesto. El espasmo fue un espanto al verse incrustado en el ataúd de hielo que le habían hecho a medida allá por sus tiempos mozos, en las tierras de solano que trazan la frontera, la entrada y salida de las regiones de Castilla y Extremadura.

Medio gitano de padre, medio payo hebreo sefardí de madre, nacido en Casablanca, crecido en Badajoz. Cantante y cantaor, labriego y zumbón. Borracho hasta las nalgas. Sabio en lo que a caballería se refiere. No como Don Quijote de la Mancha, Alonso de Quijano una vez muerto. De parecido esquelético con el antihéroe manchego. Pero con la gran diferencia que su cadena perpetua era de vida, vida en lo ordinario, vida en las cabezas de los jefes y sus espadas, esas que de verdad dan la muerte al fuego y transforman los hechos en vapores y logos, en vacíos y leyes y en hielo ordinario.

Los llanos amarillentos zumbaban de lo lindo, y el viejo se secaba en su bloque de hielo viendo pasar a sus hijas, tres, por mala suerte, le hicieron creer, por no ser hombre ni decir varón o macho mientras zumbaba y eyaculaba en sus tiempos de sexo y paja.

Tres hijas hermosas como tres musas. Tres hijas que ya las hubiera querido montar el caballero de la triste figura en su destartalado Rocinante. Tres mozas y no tres mozos, por mala suerte y por hambre, hambre de mierda, hambre de ceguera y envidia, hambre de guerra.

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