MATRIOSTIKA – ES.CRITOS

ES.CRITOS

Matriostika

La sustancia que siente

Damasio lee a Spinoza (Ética I y II)

Antonio Damasio abre En busca de Spinoza con una apuesta arriesgada: leer a un filósofo del siglo XVII con los ojos de un neurólogo del siglo XXI y encontrar, no una metáfora, sino un mapa anticipado del cerebro y del cuerpo trabajando como una sola cosa. La apuesta funciona porque Spinoza, en la Ética, ya había desmontado la separación que Descartes había dejado como herencia envenenada: la de una mente pensante y un cuerpo extenso, dos sustancias que se necesitan explicar cómo se comunican entre sí.

Ética I: una sola sustancia, un solo tejido

La primera parte de la Ética, De Deo, propone algo que sigue siendo incómodo de digerir del todo: existe una única sustancia, infinita, causa de sí misma, y esa sustancia es Dios y es la Naturaleza al mismo tiempo — Deus sive Natura—. No hay un Dios fuera del mundo que lo dirige desde arriba; hay un mundo que se despliega según su propia necesidad interna, y todo lo que existe es un modo, una expresión finita, de esa sustancia infinita.

Damasio recoge esta idea y la traduce a biología sin traicionarla: si todo lo que existe es expresión de una misma trama, el cuerpo humano y la mente humana no pueden ser dos reinos separados que luego haya que reconectar con pegamento metafísico. Son la misma trama vista desde dos ángulos. Aquí neurociencia y ontología se tocan: el cerebro no produce la mente como una fábrica separada del cuerpo que administra; el cerebro es cuerpo pensando su propio cuerpo.

Ética II: la mente como idea del cuerpo

La segunda parte, De la naturaleza y origen de la mente, es donde Spinoza da el paso que más entusiasma a Damasio. El pensamiento y la extensión son dos atributos de la misma sustancia, y entre ellos hay un paralelismo: a cada modificación del cuerpo le corresponde una idea en la mente, y esa idea es la mente en la medida en que la mente es, literalmente, la idea del cuerpo. No hay causalidad entre uno y otro —el cuerpo no causa la mente, la mente no mueve al cuerpo—, hay identidad de orden y conexión.

Damasio encuentra en esto el fundamento filosófico de algo que él había defendido desde la clínica y el laboratorio: los sentimientos son percepciones del estado del cuerpo, mapas neuronales de lo que ocurre en las vísceras, los músculos, la sangre. Un sentimiento de miedo no acompaña al cuerpo asustado, es la lectura que la mente hace de ese cuerpo asustado. Spinoza, sin electroencefalogramas, ya había puesto el cuerpo en el centro de lo que somos capaces de pensar y sentir.

El conatus y la ética como fisiología

De ahí nace lo que Damasio subraya como el hallazgo más fértil: el conatus, ese esfuerzo por perseverar en el propio ser que Spinoza atribuye a toda cosa existente. La alegría es el paso a una mayor potencia de actuar, la tristeza el paso a una menor. La ética, entonces, deja de ser un código impuesto desde fuera y se convierte en una fisiología del florecimiento: lo bueno es lo que aumenta la potencia de vida del cuerpo-mente, lo malo lo que la disminuye. Biología, afecto y moral dejan de ser tres dominios separados y se leen como tres capas de un mismo fenómeno.

Conclusión: dos miradas, una sola pregunta

Spinoza escribe desde la geometría y la necesidad lógica; Damasio desde la resonancia magnética y la clínica de pacientes con daño cerebral. Y sin embargo ambos convergen en la misma pregunta: ¿qué ocurre cuando dejamos de tratar al cuerpo como un accesorio de la mente? La respuesta que comparten es que la vida buena no se decide en un tribunal moral externo, sino que se juega en cada aumento o disminución de la potencia de existir de un organismo. Spinoza le da a Damasio el lenguaje conceptual para pensar el cuerpo como sujeto de pensamiento; Damasio le devuelve a Spinoza la evidencia empírica de que aquella intuición del siglo XVII sigue viva en cada mapa cerebral que hoy puede dibujarse. La Ética, leída así, no es solo un tratado filosófico: es también, ya entonces, un tratado sobre lo que el cuerpo sabe antes de que la mente lo nombre.

Matriostika · jueves

El cuerpo que teme,
el cuerpo que se encuentra

La semana pasada dejamos a la neshama en un lugar incómodo: ya no bajaba de arriba para instalarse en un cuerpo que la aloja, sino que el propio cuerpo —sintiéndose, mapeándose, repitiéndose de forma autopoiética en millones de cuerpos— la iba fabricando desde abajo. Mi lectura de Maturana y Damasio no viene a desmontar la Cábala —ninguno de los dos la rozó, y aunque pudieran conocerla no era su intención—: viene a preguntarle de dónde saca sus mapas. Hoy toca seguir tirando de ese hilo, y el hilo lleva directo a una pregunta más incómoda todavía: si el cuerpo genera lo sagrado sintiendo el mundo con otros cuerpos, ¿qué pasó para que ese sentir compartido terminara ordenado como ley, como mandato, como algo que baja desde arriba y hay que obedecer? ¿Se tiene que obedecer siempre a alguien?

Riane Eisler tiene un nombre para el antes y el después: culturas matrísticas y culturas dominadoras. No dos bandos peleando por quién tenía razón, sino dos maneras distintas de organizar los cuerpos entre sí. Y aquí conviene un matiz muy concreto: lo minoico no partió nada en dos bandos, fue el orden patriarcal el que impuso dos mandos —el que domina y el que obedece—; la cultura matrística no vino a dominar al hombre, vino a convivir con él, y fue el hombre quien llegó a omitir a la mujer como un ser inferior: ahí está Eva la pecadora, ahí está a lo largo de toda la Torá y las Biblias.

Creta minoica —sin murallas, con jóvenes saltando sobre el lomo de un toro como quien juega, no como quien caza— es uno de los últimos rastros visibles de la primera manera. No hacía falta muralla porque no hacía falta miedo: el vínculo se sostenía por encuentro, no por vigilancia.

Y ahí es donde el cuerpo vuelve a entrar en la ecuación, porque el miedo no es una idea, es una marca fisiológica. Es lo que Damasio llamaría un sello: el cuerpo se altera, esa alteración queda registrada, y a partir de ahí ese registro empieza a decidir por nosotros. Las hordas indoeuropeas que fueron desplazando lo minoico —pasadas por los micénicos, los griegos, cristalizadas después en los textos que dieron forma a la Torá y a las Biblias— no ganaron necesariamente por tener mejores dioses ni mejores leyes. Ganaron, entre otras cosas, porque supieron instalar un sello distinto en el cuerpo colectivo: el de la amenaza que solo se calma obedeciendo. El maniqueísmo —esto es bueno, aquello es malo, y quien manda decide cuál es cuál— es también, mirado desde las vísceras, una tecnología del miedo bien afinada.

Aquí conviene traer a Cassavetes, aunque parezca venir de un sitio muy lejano. Su cámara nunca perseguía la verdad de un personaje para exhibirla como sentencia; perseguía el instante anterior a la palabra, ese AKTO donde el cuerpo todavía no sabe qué va a decir y ya está decidiendo algo. Rodar así es un acto de encuentro: la cámara y el actor se co-crean en tiempo real, nadie dicta desde fuera lo que el otro tiene que sentir. Compárese con la ley bajada desde una montaña, escrita antes de que el cuerpo que la va a cumplir haya sentido nada todavía. Son dos artes de organizar la experiencia humana que conviven, incluso hoy, dentro de una misma persona: la que manda y la que se encuentra.

Y aquí la Cábala reaparece, no como enemiga de esta historia sino como parte de ella. Es un paso más allá de la religión que la sostiene —piensa en niveles, en Sefirot, en un tránsito que no es solo obediencia sino también arquitectura interior—, pero sigue construida sobre un libro, la Torá, que nace justamente en ese momento en que el orden dominador ya se había impuesto sobre el orden del encuentro y la asociación. Por mucho recorrido simbólico que tenga encima, sigue siendo un mapa dibujado bajo la sombra de aquella victoria. No hace falta pelearse con la tradición para verlo; basta con mirar de dónde saca su gramática.

Lo minoico, lo cassavetiano, lo que el cuerpo hace cuando genera su propia neshama sintiendo a otro cuerpo cerca: todo eso apunta a una misma corriente subterránea, la del vínculo que no necesita amenaza para sostenerse. Y lo patriarcal —la ley, la guerra, el hombre gobernando a la mujer, el sello del miedo repetido generación tras generación hasta hoy— apunta a la otra. No conviene cerrar esto en una sola frase. Conviene, más bien, dejar que las dos corrientes se encuentren ahí, se rocen ahí, y que cada quien sienta cuál reconoce en su propio cuerpo cuando algo lo hace obedecer y cuándo algo lo hace encontrarse.

La pregunta matríztica de hoy

La próxima vez que sientas miedo antes de decir algo: ¿ese miedo te está protegiendo de un daño real, o te está entrenando para obedecer a alguien que ni siquiera está en la habitación?