Capítulo 4 — Tobías
«Si solo eres como la sal de mesa no llegas ni a la primera anchoa… de la escalada».
¿Saben qué me sucedió cuando vivía en Berlín?
Tuve un amigo escritor famoso, amigo de verdad y famoso a triple verdad.
Por razones de confesión omito su nombre real y le pondré una careta. Total, es lo que toda persona hace cuando tiene un perfil público. También en lo privado. Una cosa es segura, bueno tres; que algún día moriremos, que no hay verdades absolutas (Dios incluido), y que toda persona en la tierra utiliza caretas hasta cuando trata consigo mism@, en lo espiritual o en la ducha. Yo por aquel entonces me ganaba la vida como actor, más en la sombra que en las luces. Pero me ganaba un pastizal que nunca, por ahora, se ha repetido. Trabajé con actor@s y direct@res de etiqueta internacional. Sobre ell@s también me salto los nombres. Ya hablaré de alguna anécdota al respecto en capítulos venideros, palabra de Antón, no te alabamos señor.
Buenos, vamos al grano:
Tobías era un tipo concienzudo, perseverante, inteligente, incluso listo, menos en el amor, donde le podía esa cojera suya heredada de los poetas románticos, a quienes no se había sacado de encima. Vamos, a la usanza de los caballeros de la mesa redonda, que eso de lavarse, ni tan siquiera mes sí mes no, era cosa de afeminados. Empero, los afeminados y las féminas hacían tres cuartos de lo mismo. Lo viejo y lo rancio, se lo dejaban puesto.
Sigamos pues.
Tobías vivía con su mujer Johanna y sus dos hijas en un caserón familiar, en un pueblo de Brandeburgo de nombre Servest. Localidad situada cerca de Polonia, pequeñísima y, en lo social, viciosa y moralista. Algo que no había casi evolucionado desde que Lutero era adolescente.
Todos se sonreían y tomaban café malo y tartas pesadas juntos por las tardes. Pero en verdad aquello se parecía más a una comuna hippie de los sesenta en San Francisco, en lo que a la bacanal sexual se refiere, que a un pueblo de vaqueros y agricultores.
Tobías era un currante de 24/7 y escribía libros con la asiduidad de Stephen King; además tenía talento, y no del barato como la sal de mesa, sino un talento acompañado de esfuerzo. Vamos, lo que hay que tener para alcanzar objetivos.
Cada año ponía dos novelas en el mercado que se vendían como palomitas en el cine. Ahora eso sí, curraba como mi abuelo extremeño en el campo, de sol a sol y de luna a luna.
Johanna, que había sido puericultora y Beamtin (funcionaria), tenía la guapura de Marlene Dietrich. Créanme, era misteriosamente bella, algo que utilizaba y reutilizaba hasta con los novios de las Barbies de sus hijas. Tobías era, como les dije antes, más de «hasta que la muerte nos separe».
Menuda chorrada, carajo. Nunca se lo dije, aunque yo soy muy cercano a esa variante; a la muerte no la entiendo solo desde la perspectiva biológica. Morimos cada noche, dicen; algo al igual un poco exagerado, pero a lo que no le quito veracidad.
Bueno pues.
Tobías andaba siempre con una historia en la cabeza: mañana, noche, en la cama, a caballo, en el súper, cuando dormía a sus hijas, o cuando hacía de amo de casa mientras escuchaba a Ute Lemper, algo que hacía a modo de monocultivo. Vamos, que le hablabas de David Bowie y no le decía gran cosa.
Tobías me llamaba día sí, día también. A menudo me invitaba a pasar los días de fiesta y algunos fines de semana en su casa. A mí al principio me daba palo porque Johanna y yo nunca nos llevamos bien. No desperdiciaba la ocasión para sacar a relucir mi pasado, y en lo que a mi mujer e hija se refiere, tampoco las trataba con simpatía.
Cosas del sin-amor, la certeza new age y la variante absoluta de la verdad, para ella nunca incierta.
Buenos momentos pasamos, mejores vinos nos bebimos juntos los tres; Johanna no estaba nunca. En lo que a mi hija se refiere, se lo pasaba en grande con las niñas de Johanna y Tobías.
Sigue leyendo el resto del capítulo…
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