Capítulo 17 — La ASQUEDAD, un nicho para bob@s
Alemania, siglo dieciocho: un filósofo veía la vida y sus engendros desde la razón desapasionada de un silencio inmóvil, desde el hombre quieto ante su cultura, que piensa cómoda-mente desde el nicho, en su ataúd moral y en su petrificada maneriedad centro europea.
La Haya, allá por el siglo de oro holandés: un pulidor de lentes, también biólogo adelantado a su tiempo. Un filósofo de raíces sefardí, excomulgado por el sanedrín de aquellos tiempos, como en otros tiempos pasados. Prejuzgado como otros personajes tan incómodos como él, en otros tiempos, como en nuestro tiempo, en el presente de nuestros días. Un hombre irreversible e irreverente, humilde y recurrente hasta los confines del Netzaj del Etz ha Jaim kabalístico, el universal Árbol de la vida.
Los kantianos nos siguen diciendo hoy: vida no hay más que una. Muy en los extremos de lo que dijo un boxeador canario, sabio y anciano: – vida hay muchas, como los días que vivimos. Pero muerte no hay más que una, para cada uno de nosotros, al final de nuestros días. –
De rodillas ante las vidas, para dar las gracias al padre de Hecher Sosa, muchas gracias más.
Estupideces filosóficas hay muchas, como los días del hombre de Lanzarote, boxeador y callejero. De ese padre con un libro entre sus hemisferios, con una enciclopedia mojada en su corazón y una sola meta en sus entrañas.
Y si no lo creen, piensen la estupidez colonial que soltó Descartes en su tiempo de despasiones y pajullo mental. No more coment my friends, soy como el agua.
Pero, ahí retomamos el hilo y nos metemos en el grano de la ASQUEDAD como forma de vida. Un filósofo centro europeo, que podría ser cualquiera de nosotros. Otro, no tan filósofo, a priori. Un lentista, biólogo, visionario, acogedor, suavizante, humilde pensador, vividor de lo suficiente… apasionado y apasionante.
La pasión irresistible de Spinoza frente a la razón desapasionada de Kant. Dos caras de diferentes monedas. Un peso pesado el segundo y un peso gallo el primero.
Me quedo con el kikirikí del gallo, también con su chulería, antes que con el chirriar de la inmensa grúa de lo razonable.
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