Capítulo 1 — A salto de rama
Una biografía de kiosko
Señoras y señores, niños y niñas,
Saben que érase una vez un tipo que se complicaba mucho la vida y que era más barroko que Calderón de la Barca.
Cuando después de muchos años colgado de la misma rama en diferentes épocas, bien agarradito, sin bajar, sin toma de tierra, sin raíces y sin narices, le vino una ventolera que le partió no solo la rama, sino que le arrancó de cuajo el árbol y el alma, el tipo ya no tenía donde agarrarse ni cómo agradarse.
Tan fuerte fue el vientito pendejo que lo dejó en ascuas. En ascuas y en ese vacío inútil entre tierra y cielo, en ese espacio y tiempo previo a la hostia santa contra el piso y la decisión de arrancarse o arrastrarse.
Así que él decidió tirarse a la pileta sin pensar en si estaba llena o vacía. Bueno, tampoco había de otra. Una de dos: o guarrazo o planchazo.
Volar no podía volar el chaval; la rama, los laureles y los gurús no iban a volver, y él tampoco podía volver a por ellos. A nadie le importaba un carajo su existencia, cosa de la que se dio cuenta cuando la gota que colmó la vasija, el vientito del carajo, le despertó del sueño. Sueño en el cual el tipo estaba despierto pero inconsciente. Paradojas de la vida. Tantos años compartiendo, vendiendo consciencia siendo un inconsciente. Eso también existe, se lo juro por mi madre.
Así que la única opción que tenía ese muchacho, con un currículum espiritual y artístico de largo mejor que Pitágoras o Platón, era darse una costalada en el caso de que el piso de la pileta de la realidad de la vida estuviera vacía. Y ya te digo, estaba sin una gota de agua.
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