Capítulo 22
Hoy en una noche de luna doble, en la isla de la Palma, porque vivo en ella, como mi hijo, me asaltan un par de recuerdos que no recuerdo haberlos perdido, pero que no los había recordado hasta ahora. Por eso les voy a contar un poco de mi vida, la doble, como la luna.
Mi deseo de niño había sido salir de ese pueblucho de empaquetados y currantes de campo, buey y mula.
Me tocó vivir una época extrema en una tierra extrema. Los señoritos, los patrones, los mandameses y los cazadores habían convertido la región en un coto de caza y en una tierra de pobres.
Extremadura es el lugar de mi infancia.
Salí con catorce años con un cajón de cómoda como maleta, remendado y atado con una cuerda de cuero, que para esos tiempos, como mi flequillo, era de última moda.
Nadie quería salir del pueblo, pero nadie quería quedarse. Así que yo tomé el pendingüe y me marché a Barcelona, lo más lejos posible de aquel lugar.
Era pobre de bolsillo pero rico de corazón. Al no tener la mano rota como muchos otros, ni los sueños extraviados entre cuartos oscuros, mi impulso jugaba con la ventaja de saber lo que quería sin saber lo que me esperaba.
Al no tener novia ni mujer en época de parir, mi libertad era absoluta. A parte, el poder de mi madre quedaba fuera de su radio de influencia que llegaba solo hasta Madrid donde vivía el único hermano que le había dejado la guerra civil.
Me recorrí la ciudad de pe a pa. Qué linda, sobre todo el barrio de San Andrés y el de la Barceloneta. Del primero me enamoré tanto como de mi profesión y mi futura mujer, una salmantina de mano rota.
Como los bolsillos pesaban cada vez menos me puse manos a la obra, nunca mejor dicho y conseguí, sin llegar a la edad necesaria para ello, un trabajo en una empresa que hacía zanjas en las calles. Cambié mula y buey por el pico y la pala. Aquello no parecía un gran cambio, pero prefería picar y cavar en la ciudad Comptal que arar y mulear en Santa Ibáñez por una perra y dos capones.
Total mi idea seguía fija. Pasé de vivir en una habitación compartida con el patriarca de los Peñato a tener una habitación con balcón en la casa de unos familiares lejanos. Así que la vida me sonreía como la teta de una madre en la boca un niño.
Francisca y Pedro, los familiares lejanos pusieron el cuerpo por mí y me sacaron de cavar zanjas en la calle.
Pedro trabajaba de ayudante de cocina en un restaurante del centro de la ciudad. Me ofreció que me fuera con él ya que necesitaban un friegaplatos. No dudé ni un chasquido y pa’ya que me fui. Nunca creí en dioses ni en la influencia de los astros o la magia, pero aquello parecía una ayuda venida de otro planeta, aunque no le di mucha importancia. Yo era más bien un tipo práctico, nunca me convencieron esas prácticas mágicas. Yo provengo de una familia medio paya, medio gitana, medio árabe y medio sefardí, donde la pócima había estado siempre a la orden del día. Y así les iba. Me cago en Diego dios, hoy que recuerdo.
Pues eso, que en una semana pasé de friegaplatos a ayudante de cuarto frío y en dos ya trabajaba de ayudante de salsero.
Al año de vivir en Barcelona ya trabajaba de segundo de cocina en un restaurante muy conocido en la costa catalana.
El lugar pertenecía a un empresario que llegó a ser presidente del F.C. Barcelona. Yo me quedé con él. Nuestra relación laboral pasó a la personal, salvando las distancias. El respeto era mutuo. Hasta le hacía albóndigas y migas extremeñas a su madre en una casa del barrio de Sarrià.
En aquel lugar de la costa catalana del cual siempre querré acordarme, conocí a la mujer salmantina de mano rota. Me enamoré al primer instante. No fue cupido, pero fue copioso el deseo de hacerla mi esposa. Y así sucedió, ella atada a mí por el dinero y yo atada a ella por la pasión y presión social de tener descendencia, hasta que la muerte nos separe.
Para demostrarle mi amor y que me diera una señal, le quemé la mano con una sartén. No fue muy amable pero algo fue, y yo tan contento, como Viki el vikingo.
Y así siguieron las cosas, yo subiendo como la espuma del mar, que cada vez andaba más sucio, y ella enganchada mi bolsillo.
Dos años andamos de novios. Dos años de mano rota y puño cerrado.
Al final nos casamos en una iglesia de su pueblo salmantino.
Aquel día, con mi madre a la izquierda y mi hermana, que fue la madrina de boda, a la derecha, mientras caminábamos hacia la iglesia, una señora que nos dijo ser su segunda madre nos cortó el paso para contarnos una historia que nunca se me ha olvidado: — «ella es mala como su padre y de dientes prietos como su madre, te dará mala vida muchacho.»
Y así fue, no me la dio, pero yo siempre he sido de carácter simple y práctico.
Me dio tres hijos a los que les daba todo lo que le podía dar, dinero, me lavaba la ropa, limpiaba la casa, y vamos que si la limpiaba, hasta dos o tres veces al día, me traía y me llevaba a donde le pedía, porque yo no conducía y ella sí, me compraba el calzado, las mudas, los calcetines y todo lo demás.
Querer me quería poco, al contrario que a sus hermanos que no salían de casa y no paraban de mamar de mi teta financiera.
Nunca tuvimos una relación cariñosa, pero eso son mariconadas de gente amorosa y caldosa como dicen en Levante.
Pasaron los años como los cromos de los álbumes de la liga de fútbol que coleccionaba mi hijo. Trabajé para los botines como cocinero privado, para Maradona, para Cruyff, y para muchas otras personalidades que amaban como les preparaba la comida. Y es que es lo mejor que he sabido hacer en la vida, cocinar y hacer horas cocinando. Qué orgullo carajo!.
Mis hijos salieron, el que más y el que menos, torcidos como los renglones de dios. El mayor se hizo artista e insumiso, vamos maricón. La mediana se le fue la cabeza y aún anda buscándola. Y la pequeña se nos casó tan pronto que no recuerdo muy bien lo que fue de ella, más que me hizo abuelo tres veces, como ha de ser.
Al mayor no lo perdono, de la mediana me compadezco y de la pequeña estoy orgulloso. De mi mujer mejor ni contarles, aún me sigue amargando la vida, como me dijo su segunda madre.
Yo he sido un buen padre, siempre llevando dinero a casa y pagando las cosas que se hacían como yo quería que se hiciesen. Me sacrifiqué para tener una vida digna. No tuve nunca mucho tiempo para diversiones así que bebía en horas de trabajo, cada plato una copa, como ha de ser. Total me llevaban y me traían.
Sigue leyendo el resto del capítulo…
Invítame algo