CAPITULO XX

Capítulo 20 — Un amor que nunca se acabará

Corrían los últimos días del siglo veinte. Las pastillas del dosmil andaban a la guasa por los arrabales y los bares. Las barras se llenaban de tipos y tipas sedientos de respuestas y perdidos en sus cargas de por vida. Los Radiohead estaban pegando fuerte con su salto a la electrónica. Dolían como nadie y flipaban como el que más. El viejo Antón que ya había superado la edad del club de los veintisiete había encontrado la fórmula y la forma para no tener que depender más del embrollo emocional y la tristeza pesada de ser un poeta maldito que muere joven dejando la prenda de tres libros incorrectos e inconcretos de poesía a la francesa con un punzón paneriano de humo y de mordiscos.

Una noche de juerga de pastillas, whisky y cocaína poco antes de bajar la persiana del bar donde trabajaba en el barrio de Gracia de Barcelona, se le coló el amor de su vida. Él siempre había pensado, bueno no siempre, tan solo los últimos nueve o diez años de su vida, que aquel lo era. Para sorpresas está el futuro y para las promesas siempre se recurre al pasado, cosas de la literatura.

Ahí supieron ambos, Romeo el poeta maldito, el fracasado del club de los veintisiete, y la Julieta, aquella productora de cine de gusto exquisito y manías variables, todas ellas de una extremidad que hacían temblar al oso más grande, que el amor se consumiría esa misma noche.

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