CAPITULO V

Capítulo quinto

Mi amigo famoso

#Si solo eres como la sal de mesa no llegas ni a la primera anchoa…de la escala-da#

¿Saben que me sucedió cuando vivía en Berlín?

Tuve un amigo escritor famoso, amigo de verdad y famoso a triple verdad. Por razones de confesión omito su nombre real y le pondré una careta. Total, es lo que toda persona hace cuando tiene un perfil público. También en lo privado. Una cosa es segura, bueno tres; que algún día moriremos, que no hay verdades absolutas dios incluido, y que toda persona en la tierra utiliza caretas hasta cuando trata consigo mism@, en lo espiritual o en la ducha.

Yo por aquel entonces me ganaba la vida como actor, más en la sombra que en las luces. Pero me ganaba un pastizal que nunca, por ahora, se ha repetido. Trabajé con actor@s y direct@res de etiqueta internacional. Sobre ell@s también me salto los nombres. Ya hablaré de alguna anécdota al respecto en capítulos venideros, palabra de Antón, no te alabamos señor.

Buenos, vamos al grano. Tobías era un tipo concienzudo, perseverante, inteligente, incluso listo, menos en el amor, donde le podía esa cojera suya heredada de los poetas románticos, a quienes no se había sacado de encima, vamos como los caballeros de la mesa redonda que eso de lavarse, ni tan siquiera mes sí mes no, era cosa de afeminados. Empero, los afeminados y las féminas hacían tres cuartos de lo mismo.

Sigamos pues. Tobías vivía con su mujer Johanna y dos hijas en un caserón familiar, en un pueblo de Brandeburgo de nombre Servest. Localidad situada cerca de Polonia, pequeñísima y en lo social, viciosa y moralista. Algo que no había casi evolucionado desde que Lutero era adolescente.

Todos se sonreían y tomaban café malo y tartas pesadas juntos. Pero en verdad aquello se parecía más a una comuna hippie de los sesenta en San Francisco, en lo que a la bacanal sexual se refiere, que a un pueblo de vaqueros y agricultores.

Tobías era un currante de 24/7 y escribía libros con la asiduidad de Stephen King, además tenía talento, y no del barato como la sal de mesa, sino un talento acompañado de esfuerzo, vamos lo que hay que tener para alcanzar objetivos. Cada año ponía dos novelas en el mercado que se vendían como palomitas en el cine. Ahora eso sí, curraba como mi abuelo extremeño en el campo, de sol a sol y de luna a luna.

Johanna, que había sido puericultora y funcionaria, tenía la guapura de Marlene Dietrich, créanme, era misteriosamente bella, algo que utilizaba y re-utilizaba hasta con los novios de las Barbies de sus hijas.

Tobías era, como les dije antes, más de «hasta que la muerte nos separe», menuda chorrada carajo. Nunca se lo dije, aunque yo soy muy cercano a esa variante, a la muerte no la entiendo solo desde la perspectiva biológica. Morimos cada noche dicen, algo al igual un poco exagerado, pero que no le quito veracidad.

Buenos pues. Tobías andaba siempre con una historia en la cabeza, mañana, noche, en la cama, a caballo, en el súper, cuando dormía a sus hijas, o cuando hacía de amo de casa mientras oía a Ute Lemper, lo que hacía a modo monocultivo, vamos que le hablabas de David Bowie y no le decía gran cosa.

Tobías me llamaba día sí día también. A menudo me invitaba a pasar los días de fiesta y algunos fines de semana en su casa. A mí al principio me daba palo porque Johanna y yo nunca nos llevamos bien. No desperdiciaba la ocasión para sacar del trasluz mi pasado, y a lo que a mi mujer e hija se refiere tampoco las trataba con simpatía, cosas del sin-amor, la certeza new age y la variante absoluta de la verdad, para ella nunca incierta.

Buenos momentos pasamos juntos, mejores vinos nos bebimos juntos los tres, y a lo que a mi hija se refiere, se lo pasaba en grande con las niñas de Johanna y Tobías, además tenían dos ponis, una piscina cubierta, una sauna, un jardín infinito y un saltador de esos que das piruetas aún sin quererlo, hasta tenían una cocina para ellas solas donde hacían muffins incompatibles, pero con mucha voluntad, la misma que teníamos que tener los adultos cuando nos traían la bandeja llena de esas cosas que estábamos obligados a probar con buena cara, por si las moscas.

Cada cual desarrolló la técnica oriental del que está bebiendo demasiado. Ya saben que los orientales genéticamente soportan menos las dosis de alcohol.

Buenos pues. Pasaron los años y un día que yo salía de un rodaje tenía como veintidós llamadas de Tobías. ¡Carajo!, pensé, tiene que haber pasado algo serio, de lo contrario él nunca fue tan persistente en lo relativo a las llamadas.

Le llamé inmediatamente. Tobías tomó el teléfono y con voz sollozante de lechuza enamorada me dijo:

— Se han marchado, Antón, me han abandonado.

— Carajo Tobías, no estarás exagerando. Al igual se han ido al cine o a visitar a los abuelos un par de días. Le contesté de forma ingenua.

— Scheisse nicht, es ist nicht so. Mierda, no, no es así. Me contestó con voz de Ute Lemper en su balada más doliente.

Antón, Antón, Johanna se llevó a las niñas, ella incluida, como el IVA, me rompió los vinilos de Ute Lemper, su única y toda discografía, aparte de algunos vinilos de soul que le habíamos regalado mi compañera y yo, y algún que otro disco infantil.

— Se ha ido, me ha abandonado dejándome una nota de despedida de tres palabras.

—»Du bist faul».

—»Tú eres un vago».

Sigue leyendo el resto del capítulo…

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