EL CUERPO QUE CONOCE, EL AMOR QUE SOSTIENE, LA MADRE QUE RECUERDA

El cuerpo que conoce, el amor que sostiene, la madre que recuerda

Maturana · Damasio · Matrística — una trinidad para vivir de otra manera

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I. El que conoce no es la cabeza — es el ser entero

Humberto Maturana puso en crisis algo que dábamos por sentado: que el conocimiento es una operación del cerebro sobre un mundo externo. Su propuesta es otra cosa, y más radical: el conocimiento es lo que hace un organismo vivo para mantenerse vivo. Conocer no es representar la realidad — es operar en ella. Todo lo que un ser vivo hace es conocimiento, porque todo lo que hace lo hace desde su propia estructura, desde lo que él es en ese momento. No hay acceso neutro al mundo. Nunca lo hubo.

De ahí viene la objetividad entre paréntesis: la única honestidad posible no es pretender que vemos las cosas como son, sino reconocer que las vemos desde donde somos. El observador no desaparece — se vuelve visible. Esto no es relativismo. Es responsabilidad. Cuando pones la objetividad entre paréntesis no dices «todo vale»; dices «yo estoy diciendo esto, y lo digo desde aquí». Eso cambia la conversación. Cambia la ética. Cambia la política.

II. El cuerpo que siente es el cuerpo que piensa

Antonio Damasio llegó desde la neurología a una conclusión parecida por otro camino. Estudió pacientes con lesiones en las zonas del cerebro vinculadas a la emoción y descubrió algo perturbador: no podían tomar decisiones. No porque hubieran perdido la razón — la conservaban intacta — sino porque sin emoción la razón no sabe a qué aferrarse. Las emociones no son ruido que interfiere con el pensamiento: son su sustrato. Son marcadores somáticos, señales del cuerpo que orientan la acción antes de que la lógica pueda siquiera formularse.

Damasio devuelve al cuerpo lo que el dualismo cartesiano le había robado. Sentir no es una debilidad cognitiva — es el primer acto de conocimiento. Y el amor, en este marco, no es una abstracción ni un estado mental: es una disposición corporal, una tonalidad del organismo entero que abre o cierra posibilidades de acción. El cuerpo que ama percibe diferente. Literalmente.

III. El amor como fundamento biológico — Maturana de nuevo

Maturana fue más lejos que casi nadie al afirmar que el amor no es un valor, no es una virtud, no es un ideal: es una emoción que define un dominio de conductas. Amar es aceptar al otro como un legítimo otro en la convivencia. No tolerarlo — aceptarlo. No a pesar de lo que es — porque es. Esta distinción no es poética: tiene consecuencias biológicas. Los sistemas vivos que crecen en dominios de amor — donde son aceptados como legítimos — desarrollan capacidades que no se desarrollan en dominios de exigencia y control.

Y el juego pertenece al mismo espacio. El juego es la conducta del organismo que opera sin miedo al error, sin consecuencias que amenacen su existencia. Juego y amor son, para Maturana, las condiciones originarias del aprendizaje real, del pensamiento creativo, de la salud psíquica. No herramientas pedagógicas: condiciones de posibilidad. Sin amor no hay juego. Sin juego no hay novedad. Sin novedad no hay vida plena.

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IV. La Matrística — lo que fue y lo que podría volver a ser

Maturana y Gerda Verden-Zöller acuñaron el término matrística para nombrar un modo de convivencia humana anterior al patriarcado, anterior a la jerarquía y a la guerra como organizadores sociales. No una sociedad matriarcal en el sentido de dominación femenina — eso sería reproducir el mismo esquema con distinto signo. La matrística es otra cosa: una manera de estar juntos en la que la cooperación, el cuidado y la aceptación del otro son el tejido mismo de la vida colectiva.

Hay evidencia arqueológica — Çatalhöyük, las culturas del Danubio neolítico, los trabajos de Marija Gimbutas — que apunta a comunidades humanas de miles de años organizadas sin armas, sin diferenciación marcada de rango, sin iconografía de violencia. No eran paraísos. Eran modos distintos de resolver la convivencia. La matrística no fue un accidente histórico — fue una posibilidad humana real, que existió, y que por tanto puede volver a existir.

V. La trinidad — por qué estos tres se necesitan

Maturana nos dice que conocemos desde lo que somos — y que lo que somos incluye nuestra historia emocional y relacional. Damasio nos demuestra que esa historia emocional no es decorativa: es constitutiva de nuestra capacidad de pensar y decidir. Y la Matrística nos recuerda que ese ser-en-relación que somos fue configurado, durante milenios, en un modo de convivencia que ya no es el nuestro — pero que no olvidamos del todo, porque está en el cuerpo, en el deseo de ser aceptados, en la incomodidad irreducible ante la injusticia.

Los tres apuntan al mismo lugar desde ángulos distintos: el ser humano no es una razón que habita un cuerpo, ni un individuo que decide solo, ni una mente que procesa información. Es un animal social, emocional y relacional que conoce con el cuerpo entero, que necesita amor para crecer, y que trae en su biología una memoria de formas de convivencia más cuidadosas de las que practica hoy.

Esto no es nostalgia. Es diagnóstico. Y también es brújula.

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Antón K.

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