CAPÍTULO VIII

Capítulo 8 — Humbercito el hipócrita

Había una vez un salón recreativo en el barrio donde vivíamos casi toda la familia. ¿Recuerdan esos salones recreativos, uno mínimo en cada barrio? ¿Los rec-encuerdan, los ven? Con un par de docenas de máquinas, pinball, billar y un par de futbolines, de esos que un equipo siempre vestía de blanco y azul, y el otro del Barça o de allá Madrid, real y viva España, ¿recuerdan?

Seguro que los mayores de cuarenta, con o sin Alzheimer, sí que les viene a la cabeza —nunca mejor dicho. Pues quédense ahí, mis niños y niñas, porque hoy la película se rodó en ese tipo de localización. ¿Y saben qué? Ese mismo día me sucedieron dos cosas que me dieron unas vueltas de campana por la autopista de la vida, que dejaron a mis anteriores yoes en la camilla de autopsia de una morgue de E. A. Poe.

Les voy a contar —disculpen las molestias— solo una historia. La otra, que va de amores infinitos que acaban mucho antes de ser infinitos, se la contaré más adelante, porque seguramente necesitaremos tod@s un Almax. Pues ahí vamos con Humbercito el empollón freaky. «Humbercito el empo» lo llamábamos en la colla. Era un chavalín canijo, de facciones redondas, con sus gafas de culo de botella y su cordel de marras; es que no veía un pijo sin ellas. Y en esa época estábamos los de GUNS’&ROSES —Welcome to the Jungle— o los de Hombre G, G de gilipollas, y no lo digo yo, lo cantaban ellos solitos. A mí los tipos me caían bien, no encima pero bien.

Bueno, corrijo. También estaban —como mi hermana mediana— las chicas finas, no pijas, chicas con gusto refinado aunque poco bailable, que les iba el gran Sananda Maitreya, más conocido por Terence Trent D’Arby, con su Delicate. Rico rico el tipo. A mí me molaba en secreto, como Prince y su álbum Glam Slam. Rico rico. Los bailaba en secreto imitando las cadencias serpentinas de Axl Rose, sobre todo cuando iba fumado. Me lo pasaba bravo.

Además… Carajo, que ya me voy por las ramas otra vez… …Hay que dolor desde que se ha ido mi Pepe, el huerto no se ha regado, y yo por las ramas… ¡Perdón por tres! Un perdón hipócrita, pero… bueno, de hipocresía va hoy. De la hipocresía que no rebeldía de Humbercito el empo, como le gustaba que lo llamásemos: empo de empoderar, empo de emporium, empo de emplumado… Ahí carajo, que esto casa, pero a Humbercito le gustaban las plumas —no me malentiendan—, a mí también me gustaban las plumas de escribir, y a ambos nos engrandecía la literatura, el mundo de las aves —sobre todo de los pajarillos— y el Glam Rock de Marc Bolan y su T. Rex.

Grande, grande. Esto era un secreto que compartíamos Humbercito y yo, no más nadie más; no había más sillas en el club, no cabían tres. Humbercito era como una calcomanía de su padre. El padre, Federico Beigas Aruña, gallego en todas sus células —era biólogo—, y si lo recuerdo hoy diría que tenía un aire, mejor dicho un vendaval, a Maturana, ¿saben?

Sí, una calcomanía de colores y sabores, una calcomanía comestible, que era lo que Humbercito quería descubrir y patentar para ensanchar la lista ya existente de guarradas y chuches varias. ¿Se rec-encuerdan del Cola Jet o del Peta Zeta? Humbercito siempre repetía las hipótesis de su padre, teorías y filosificaciones, como decía él, mientras nos preparaba un bocata de pan Bimbo con Nocilla de tres colores. Otra guarrada.

Así que Humbercito era un filosofito que filosoficaba tal como lo hacía su padre.

— ¡Soy un hipócrita, no un rebelde! Me dijo un día mientras veíamos las diapositivas de unos pajarillos de Madagascar —o por ahí, no recuerdo bien—.

— ¿Hipócrita y no rebelde? —le pregunté extrañado—. No sé a qué carajo de vaina te refieres, Humbercito. Y fue ahí donde me transcribió la disertación filosidoficante de su padre, el buen hombre y mejor padre Federico, el filosificador de la Península. Ahí vamos. Ya verán, no les dejará de piedra —ya somos mayorcitos para eso— pero sí patidifusos.

Sigue leyendo el resto del capítulo…

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