A SALTO DE MATA · CAPÍTULOS
CAPÍTULO 1
A salto de mata
—Una biografía de kiosko—
Señoras y señores, niños y niñas,
Saben que erase una vez un tipo que se complicaba mucho la vida y que era más barroko que Calderón de la Barca.
Cuando después de muchos años colgado de la misma mata/rama en diferentes épocas, bien agarradito, sin bajar, sin toma de tierra, sin raíces y sin narices, le vino una ventolera que le partió no solo la rama sino que le arrancó de cuajo el árbol y el alma, el tipo ya no tenía donde agarrarse ni como agradarse.
Tan fuerte fue el vientito pendejo que lo dejo en ascuas. En ascuas y en ese vacío inutil entre tierra y cielo, en ese espacio y tiempo previo a la ostia Santa contra el piso y la decisión de arrancarse o arrastrase.
Así que el decidió tirarse a la pileta sin pensar en si estaba llena o vacía. Bueno, tampoco había de otra. Una de dos o guarrazo o planchazo.
Volar no podía volar el chaval, la rama, los laureles y los gurús no iban a volver, y el tampoco podía volver a por ellos, a nadie le importaba un carajo su existencia, cosa de la que se dio cuenta cuando la gota que colmo el vaso/la vasija, el vientito del carajo, le despertó del sueño. Sueño en el cual el tipo estaba despierto pero inconsciente. Paradojas de la vida. Tantos años compartiendo, vendiendo consciencia siendo un incosciente. Eso también existe, se lo juro por mi madre.
Asi que la única opción que tenía ese muchacho, con un currículum espiritual y artístico de largo mejor que Pitágoras o Platon, era darse una costalada en el caso de que el piso de la pileta de la realidad de la vida estuviera vacía. Y ya te digo, estaba sin una gota de agua.
Plaff! Ostia al canto, y no había nadie para ayudarle, ya les he dicho que a nadie le importaba una mierda, bueno lo dije algo diferente, pero mierda queda mejor en esos momentos donde el tipo, no ya solo aterrizó en un montón de posta, sino que no tenía la más pajotera idea de cómo saldría de ella. Por que los budas, las cabalas, el arte ritual, el tarot de Marsella y todos los patriarkas y patosos de la espiriutosidad habían contribuido a darle una mente de estiércol, útil, muy útil para la tierra, pero inutil si no tienes tierra, y el tipo, aunque habia conseguido convertirse en un estiércol espirituoso y intelektualoso, uno de los mejores, no tenía ni un gramo de tierra ni un milímetro cable de conexión.
Así que más difícil todavía, mierda multiplicada hasta el infinito, mierda al m2, 100% de la mejor mierda infinita.
No se vayan todavía aquí hay más!…
Y si lo tienen que hacer, procuren volver, esto sigue, hay para largo. No es un culebrón es un anacondon. Tan bueno que es de los mejores…o no.
Hasta la vista beybies
CAPÍTULO 2
Podía ser pardillo pero no Gordillo
«Si juegas poco, si te ponen menos y además lo haces en un puesto que no es el tuyo, es como estar frente a la portería vacía, sin portero y sin defensas; solo tú, el balón, la portería, tu gol y que una voz te ordenará que no chutes». Esta fue la frase del Sr. Antich, hombre de barrio y mi primer maestro.
Yo fui un niño que jugaba al fútbol la mayor parte del día, algo usual en los niños de los 70 y los 80. Comía Bollicaos y bebía Cacaolat. Me pirra Charlot, aún hoy lo sigue haciendo. Fui fanático de Rafael Gordillo, el «destartalado» de Almendralejo.
Genéticamente era del Betis, «man que pierda», bético hasta la médula. El Madrid y el Barcelona me la traían floja.
Mi deseo era ser como Gordillo, héroe de la mayoría de los niños futboleros de padres emigrantes del Sur. En la paleta de mis deseos estaba también ser un Félix Rodríguez de la Fuente, hablar con lobos, ser biólogo, escritor y actor como Chaplin. Vamos, lo que hoy en día llaman «multitasking».
Nunca sería como Gordillo, lógica aplastante, pero pardillo… para eso sí que lo fui un rato largo. Para serles sincero, hasta antes de ayer mismo no fui yo mismo.
Fui un niño al cual su padre, siempre ocupado con su trabajo como cocinero —chef de un gran hotel barcelonés— nunca fue a verle jugar un partido de fútbol. Mi padre fue un currante nato, entre otras virtudes y desvirtudes, pero fue un padre ausente, un dios castigador omnipresente, el hombre del saco, un buen hombre. Pero nunca estuvo presente cuando yo tenía que jugar al fútbol. Hoy lo entiendo, ayer no.
Así que, por descarte debido a la ausencia del patriarca en la cancha, yo jugaba de reserva. Me sentaban en el banquillo junto a Jordi y al otro Jordi, el Segarra, que recogía las pelotas, repartía el agua y se dejaba insultar. El Segarra era un compañero de clase con discapacidades cognitivas que no hicieron más que engordarse debido al trato social. «Incompleto» lo llamaban. Fue un gran amigo; yo fui su protector, como Félix con los lobos.
Pues entonces, jugador reserva, al que sacaban al campo cuando el equipo ganaba por diferencia o perdía de largo. Ahora sí, preparado lo estaba siempre con mi cara de pardillo total, con mis calzas bajadas hasta casi los dedos gordos de los pies y el pantalón por las rodillas, como Gordillo, por si las moscas.
Bueno, vamos al grano.
El Sr. Antich, padre de Jordi, seguía religiosamente nuestros partidos cada sábado, como el que va a misa o al lavabo cada día. El Sr. Antich era campeón, no sé hoy a qué nivel, de ping-pong. Tenía la pinta de un monje Shaolin con acento catalán, menudo como una lagartija con ojos de lechuza y movimientos de brisa; un sabio de lujo que hablaba poco y al que le desagradaban las alabanzas y las euforias. Seguía los partidos callado, observando y computando estrategias. Aceptaba la suplencia de su hijo, quien no estaba hecho para ese deporte y sí para otras virtudes más intelectuales.
Y pasó que llegó el día, por cabriolas de la vida, que el Sr. Antich se tuvo que hacer cargo del equipo. Yo siempre pensaba que venía a vernos solo por apoyar a su hijo y empujarlo a lo comunitario. Jordi no era nada social, mucho menos que yo, que ni decir tiene.
Tendrían que haber visto al Sr. Antich jugar al ping-pong; era el carajo cómo jugaba, como una lagartija-mosca difícil de seguir. Lo único que se veía era como un ente o algo parecido a un efecto artificial de esos de pelis de terror moverse alrededor de la mesa.
El primer sábado, sin entrenamiento previo, que el Sr. Antich se hizo cargo del equipo, dejó a su hijo en el banquillo —algo poco patriarcal para aquellos tiempos— y me ordenó subirme las calzas y las medias, y que me preparara para saltar al campo como extremo izquierdo titular. Me quedé flipando en colores.
La segunda orden fue que no quería verme por debajo de la línea del central ni en puestos defensivos.
— Corre, dale, corre, levanta la cabeza, mira a tu alrededor, muévete, gira…
Yo seguía sin creérmelo, me sentía como una pareja de jilgueros en su danza nupcial; una pasada.
El Sr. Antich, el monje Shaolin del barrio de Sant Andreu, me enseñó una de las lecciones más importantes de mi vida:
«Sé tú. Copia y pega todo y a todos los que quieras, pero sé tú quien colorea».
Los colores los pones tú; es tu esencia, nuestra esencia. Muy cierto: copiar puede ser muy útil para salir del paso, pero la fotocopia del original y la fotocopia de la fotocopia pierde su calidad original; es papel de usar y tirar.
Ahora bien, si a esa copia la pintas, como cada cual quiera y pueda —como hacíamos muchos chicos que teníamos que soportar nuestro retrato del día de la primera comunión en nuestros cuartos o salones, pintando bigotes, gafas, granos o penes en la nariz con la correspondiente bronca— la copia toma vida propia. Es la vida que le pintamos y coloreamos.
Si quieres ser como otro, si lo emulas y repites a pies juntillas, sea una estrella de rock, un futbolista, una modelo, tu maestro o tu madre, nunca funciona. El cordero es cordero y el león es león.
El primero vive acojonado con su corderidad, mientras que el segundo está tranquilo con su leonidad.
El Sr. Antich entrenó al equipo hasta el final de la temporada. Luego todo siguió igual. Yo de suplente, junto a los Jordis. Mi padre ausente, como los dioses y los milagros.
Ya no quería ser como Rafa Gordillo. Sí quería ser escritor, actor y biólogo. Eso sí, Gordillo y el Betis «man que pierda» seguirían siendo lo mejor del mundo, al menos el mío.
¡Ahí nos vamos viendo niños y niñas, grandes y pequeños!
No se vayan todavía, aún hay más, y si lo hacen…
Gracias.
A.K.
CAPÍTULO 3
Cádiz, Opening Night
«HAY QUIEN VENDE PARAÍSOS, FELICIDAD, EQUILIBRIO, ILUMINACIONES O CONEXIONES PLANETARIAS PERO CARECEN DE MANUAL, DE MAPAS, DE SATISFACCIÓN, DE COM-PENSACIÓN Y DE PILAS. Y HAY QUIEN CON SU TIENDA DE BARRIO, TE OFRECE UN LUGAR AGRADABLE QUE SATISFACE TUS NECESIDADES, QUE TE VENDE PILAS Y LINTERNAS, Y MAPAS QUE TE AYUDAN Y TE GUÍAN AL LUGAR DONDE QUIERAS IR. ESO COM-PENSA Y RE-COMPENSA A TODAS LAS PARTES INTEGRANTES».
Os voy a contar algo antes de que me dejes o me entres: Cuando mi hija tenía cinco años y yo le cantaba, ella me tapaba la boca suavemente con sus dedos ofreciéndome a cambio un juguete de los muchos que tenía a mano siempre.
Años más tarde le pregunté el porqué. Me contestó con esos golpes al alma que te remueven los adentros, diciéndome que cuando cantaba cerraba los ojos y me iba a algún lugar donde ella no podía encontrarme.
— Yo prefiero que te quedes aquí, papá —me decía entonces.
Cosa de niñ@s, pensaba yo.
Yo siempre creí que mi educación vocal en la escuela de música generaría en ella dulzura y calma. Así era, desde luego, de los cero a los tres años cuando le cantaba nanas ya horas antes de llevarla a la cama, su preferida: «la nana del caballo blanco».
Primera lección:
Mejor te vas acoplando a los tiempos (ajenos y propios).
En mi cabeza aún retumba la frase. Luego, un par de años más tarde cuando ella ya iba a primaria, le pirraban las mates y la biología, y no hablemos de la música. «DE TAL PALO TAL ASTILLA», DICEN. Pero el palo me lo llevé yo conmigo mismo.
¡Atiendan!
Nosotros tocábamos esos temas mientras jugábamos, con elefantes, legos, bolas de helado y todo lo que la imaginación nos tiraba en ese momento. Por aquel tiempo yo la recogía siempre de la escuela del barrio donde vivíamos en Berlín, pero hacía días que la veía salir triste, con desazón, vamos, con una cara de papaya madura que rozaba los bordillos.
— ¿Qué te pasa mi niña?
— Nada, que me aburro —como si para ella aburrirse no fuera nada— en clase de mates. El profe no nos mira y solo habla él. Cuando le hacemos una pregunta no responde y no nos mira siquiera.
— Bueno, pues me preguntas a mí.
— Eso es el otro problema.
Me quedé con gesto y cuerpo de signo de interrogación.
— Sí, papá, le he dicho algo que tú no has dicho pero él lo tomó como si lo hubieras dicho y se ofendió.
— ¿Puso cara de hiena hambrienta?
— Sí, algo así, entre hiena y lagarto macho.
Uff, esto tiene tela marinera, pensé.
— ¿Y qué le dijiste que yo había dicho pero no dije?
— Pues que uno más uno son tres.
Carajo, ojalá me hubiese caído a mí esa ficha, aunque lo podría haber dicho fácilmente. Solo un detalle de la hipótesis de por qué no me cayó esa ficha a mí: Yo era un adulto y aunque me dedicaba a la literatura y a la comedia, slapstick comedy, o bofetada cachonda en español, ya hacía un tiempito que había olvidado los tiempos de cuando era chico, un guagua. Así que había perdido mucho de esa creatividad donde todo, por ejemplo un lápiz, puede ser cualquier cosa: un tren, un pastel, una escoba de bruja o una cebolla.
— Papá —prosigue mi hija mientras yo pensaba en esa pérdida de creatividad guaguona—, mis tres amigas y yo pensamos lo mismo. Sin alguien que cuente y mueva los números, ellos se quedan quietos, uno no es más que uno y no se con-vierte en dos ni en siete, se queda como uno, solo como la una. Entiendes, sin un ser humano que los vea y los haga jugar «ni chicha ni limonaaa».
Bueno, seguimos con-versando, bailando juntos, mientras nos dirigíamos a la heladería Lanzzano, su preferida, una miniatura de heladería artesanal que regenta un italoargentino que era la hostia parda; qué tipo, siempre contaba lo mismo pero siempre de maneras diferentes.
— Los números no viven si no le damos vida y cariño —seguía ella.
Carajo, eso lo podría haber dicho yo sin ningún problema. Pero lo decía mi hija. La que había superado al maestro que era, al menos para ella.
— Pero papá, el profe de mates me ha dicho que quiere verte mañana en su despacho…
La reunión salió mal, y l@s niñ@s de la escuela se quedaron sin el cursillo de teatro animal que realizaba desde hacía un par de semanas.
Segunda lección:
Crece sin olvidarte del niño o niña que fuiste. Y cuando creces, no te pases de listo, di lo necesario, los niños son como esponjas con una imaginación infinita. ¡Y recuerda! «No es tonto el tonto por ser tonto, es tonto el que se pasa de listo.»
— Miguel Delibes
…Además, al tiempo su madraza y yo nos separamos después de «diecitantos» años. Yo me fui de la ciudad a cinco mil kilómetros de distancia, a mi paraíso en Cádiz. Lo que quería evitar mi hija se le hizo realidad, pendeja realidad. Y yo, más solo que la una, en mi paraíso, ya no tenía los dedos de mi hija que me taparan la boca… seguí cantando, eso sí.
Cádiz, Opening Night