RE.SUMEN.ES
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Matriostika
En busca de Spinoza
Neurobiología de la emoción y los sentimientos — Antonio Damasio
Un neurocientífico se va a buscar a un muerto
Damasio se va a Holanda a buscar a un tipo que llevaba trescientos años muerto. Va a La Haya, a Rijnsburg, a la casa donde Spinoza pulía lentes para no deberle nada a nadie. Y lo que encuentra allí es un filósofo, porque siempre lo fue, y a la vez un biólogo que se adelantó tres siglos a los escáneres cerebrales, y un óptico que trabajaba con las manos, y un judío sefardí expulsado de los suyos. Todo eso a la vez, en el mismo hombre y en la misma escritura.
El libro avanza así, en dos hilos trenzados: por un lado la crónica del viaje, con sus calles, sus casas alquiladas y sus placas conmemorativas; por el otro, un tratado de neurobiología de las emociones escrito por alguien que lleva treinta años mirando cerebros por dentro. Los dos hilos se van tocando cada pocas páginas, y ahí es donde el libro se pone bueno.
Emoción y sentimiento: el mismo movimiento por dos orillas
La idea que sostiene todo es de orden asociativo. Las emociones son públicas y los sentimientos son privados, y son el mismo movimiento visto desde dos orillas. La emoción pasa en el cuerpo: se dispara el pulso, se tensa la mandíbula, se va la sangre de la cara, cambia el ritmo de la respiración y hasta la química de la sangre. Todo eso lo ve cualquiera desde fuera, y una cámara lenta lo capta mejor que la palabra.
El sentimiento es lo que ocurre cuando el cerebro se entera de lo que el cuerpo ya está haciendo y lo convierte en imagen mental. Primero tiemblas, y en el temblor mismo va naciendo el saber que tienes miedo. Damasio lo dice con una fórmula que a Spinoza le habría gustado: el sentimiento es la idea del cuerpo en un estado determinado. Y Spinoza ya lo había escrito, en la Ética, con otras palabras y sin un solo dato de laboratorio: la mente es la idea del cuerpo.
Para que eso funcione, el cerebro necesita mapas. Mapas del intestino, de la piel, del músculo, de la víscera, del medio interno. La ínsula, las cortezas somatosensoriales, los núcleos del tronco encefálico: ahí se dibuja continuamente el retrato del organismo, y ese retrato en movimiento es lo que sentimos. Sentir es leer el mapa de uno mismo mientras se está dibujando.
El bucle «como si»: cómo el cerebro se ahorra el cuerpo
Aquí aparece uno de los hallazgos que más lejos llegan del libro: el bucle corporal «como si». El cerebro aprende a simular internamente un estado del cuerpo sin obligar al cuerpo a pasar por él. Puede dibujar el mapa del dolor, del asco o de la ternura en vacío, sin la víscera. Es un atajo de eficiencia brutal, porque permite ensayar lo que va a pasar antes de que pase, y es la puerta de entrada a otras dos cosas enormes: la anticipación y la empatía.
Los marcadores somáticos van por ahí. Cuando tienes que decidir algo con demasiadas variables, el cuerpo marca las opciones con una sensación antes de que la razón termine de calcular. Ese pellizco en el estómago frente a una opción concreta es memoria emocional condensada haciendo criba. La razón trabaja después, sobre un terreno ya despejado. Sin ese pellizco, con el aparato emocional dañado, la gente razona perfectamente y decide fatal: el libro está lleno de esos casos.
Las emociones de fondo, que son las que más mandan
Damasio insiste en algo que casi nadie mira: por debajo del miedo, la ira, la alegría o el asco, corre todo el rato un tono vital que no tiene nombre propio. La calma, la tensión, el desánimo, la energía, el malestar difuso, esa cosa que hace que alguien entre en una habitación y sin decir palabra sepamos cómo está. Son las emociones de fondo, y son el informe permanente del estado del organismo.
Le damos poca importancia porque no tienen argumento ni anécdota, y sin embargo son las que colorean todo lo demás: la misma noticia cae distinta según el fondo sobre el que aterrice. Ahí hay material para cualquiera que escriba, actúe o dirija: el personaje se define antes por su fondo que por su reacción.
Las emociones sociales y la empatía
El otro gran bloque son las emociones sociales: la simpatía, la compasión, la vergüenza, la culpa, el orgullo, la envidia, la gratitud, la admiración, la indignación. Damasio las trata como fenómenos plenamente biológicos y plenamente culturales, sin que haya que elegir entre ambas cosas. Aparecen en primates y en niños pequeños antes de cualquier instrucción moral, y a la vez se afinan, se educan y se deforman dentro de una cultura concreta.
La empatía es el caso mayor. Ver a alguien golpearse activa en el observador parte del mapa del dolor propio: el bucle «como si» dibuja en mi cuerpo interior lo que le está pasando al cuerpo del otro. Sentir con el otro es, literalmente, simular al otro dentro de uno mismo. De ahí que la empatía se pueda entrenar y también anestesiar: basta con estrechar el círculo de a quién se le concede la condición de cuerpo semejante. Todas las barbaries conocidas han empezado por ahí, por sacar a alguien de ese círculo.
El bien y el mal dejan de ser mandamientos y pasan a ser lo que le ocurre a un organismo cuando se le sostiene o se le rompe.
La analgesia natural: cuando el dolor deja de doler
Uno de los capítulos que más da que pensar es el de la analgesia. El dolor y el sufrimiento viajan juntos casi siempre, y sin embargo se pueden separar. Hay pacientes con dolores crónicos atroces a los que, tras determinadas intervenciones o bajo ciertos fármacos, el dolor les sigue estando ahí: lo localizan, lo describen, saben perfectamente dónde está y cómo es. Lo que ha desaparecido es que les importe. Siguen teniendo dolor y han dejado de sufrirlo.
Eso desmonta la idea de que el dolor es un dato bruto que entra y ya está. El dolor es señal y es emoción y es sentimiento, tres capas montadas una sobre otra, y se pueden desmontar por separado. El organismo, además, fabrica sus propios analgésicos: los opiáceos endógenos que se disparan en la herida, en el esfuerzo, en el trance, en el susto, y que explican que un cuerpo malherido pueda seguir corriendo un rato sin enterarse.
La consecuencia va lejos: si un estado emocional puede apagar el sufrimiento sin tocar el daño, entonces cultivar determinados estados tiene efecto fisiológico medible. La alegría, la música, el afecto, el sentido, no son consuelos decorativos puestos encima del cuerpo. Son intervenciones en la química del cuerpo.
La paciente que lloró por un milímetro
Y luego está el caso que a mí me deja frío cada vez que lo pienso. Una mujer con Parkinson, en quirófano, con un electrodo buscando el punto exacto del tronco cerebral para calmarle el temblor. El electrodo se desvía un par de milímetros, se aplica la corriente, y en dos segundos la mujer se desploma en una tristeza absoluta: llora, dice que no vale nada, que no aguanta más, que para qué seguir. Se apaga la corriente y en menos de un minuto vuelve, sorprendida, sin entender qué le ha pasado.
Toda la película de la desesperación — el llanto, la postura, los pensamientos, las razones para morirse — desplegada desde un punto minúsculo del tronco encefálico. El cuerpo montó primero la escena y la mente le puso el guion después, con argumentos perfectamente creíbles. Ahí se ve, sin metáfora ninguna, en qué orden ocurren las cosas.
Alegría, tristeza y potencia de obrar
De todo esto sale lo que más me interesa del libro. La alegría y la tristeza son estados del ánimo y son informes de estado del organismo, las dos cosas a la vez. La tristeza avisa de que la potencia de obrar se te está cayendo, de que el sistema funciona por debajo de lo que puede. La alegría avisa de lo contrario: mayor perfección funcional, más margen, más capacidad de acción. Por eso Spinoza dice que la alegría es buena, por ética y por fisiología, sin que haga falta separar las dos cosas.
Y de ahí el remedio spinoziano contra las pasiones tristes, que no es la voluntad ni el aguante ni la represión: es comprender. Un afecto deja de ser padecido en cuanto formamos de él una idea clara. Entender lo que te pasa cambia lo que te pasa, porque el entendimiento entra en el mismo circuito donde se cocinan los estados del cuerpo. Ahí la filosofía se vuelve terapéutica y la neurociencia se vuelve moral, y ninguna de las dos pierde nada en el cruce.
El hombre de Ámsterdam
Está también la historia del hombre, que Damasio cuenta muy bien. Ámsterdam, 1656, el cherem: la comunidad sefardí lo expulsa con una maldición de las que no se levantan, prohibiendo a nadie hablarle, leerle o acercarse a cuatro codos de él. Tenía veintitrés años. Alguien a quien echan los suyos y del que desconfían los cristianos, viviendo en habitaciones alquiladas de casas ajenas, puliendo cristal, escribiendo una ética con forma de geometría, rechazando la cátedra de Heidelberg para no deberle la lengua a nadie.
Dios y la naturaleza son la misma cosa nombrada dos veces. La mente y el cuerpo son la misma cosa vista por dos caras. La libertad es entender la necesidad, y no escaparse de ella. En su época, sostener eso era quedarse solo, y él lo sostuvo desde la soledad, que también es un método de trabajo.
Murió a los cuarenta y cuatro, con los pulmones hechos polvo — polvo de cristal, entre otras cosas —, y dejó una obra que la Ilustración entera saqueó sin citarlo y que Goethe y Einstein reconocieron como propia siglos después.
Damasio recorre esas calles sabiendo que el hombre está borrado: la casa de Ámsterdam ya no existe, el barrio se lo llevó por delante la historia del siglo XX, la tumba de La Haya está vacía. Y aun así el viaje da con él, porque lo que buscaba estaba en el laboratorio antes que en la calle.
Una ética sin dogma
La conclusión que a Damasio le quema en las manos es política además de científica. Si los sentimientos son biología y son cultura, entonces la ética puede fundarse sin dogma y sin castigo divino. No hace falta un mandamiento para saber que la crueldad daña al que la sufre y también al que la ejerce: el organismo lo registra, el cuerpo lleva la cuenta, la lengua viene después a ponerle nombre y la música lo sabía antes que las dos.
Eso no convierte la biología en un manual de conducta, y Damasio tiene cuidado con eso. Lo que hace es devolverle a la ética un suelo: la homeostasis, el bienestar de organismos concretos, la persistencia de cada cual en su ser sin arrasar la de los demás. Una ética laica, construida desde abajo, desde el cuerpo hacia arriba, y no desde el cielo hacia abajo.
Eso es el libro: un neurocientífico con máquinas de mirar por dentro confirmando lo que un pulidor de lentes había deducido a solas, con la cabeza y con las manos, sin más laboratorio que su propio conatus.