CAPITULO XIX

Capítulo 19 — ¿Quién vive?

HAMLET.
¡Oh! ¡Si esta demasiado sólida masa de carne pudiera ablandarse y liquidarse, disuelta en lluvia de lágrimas! ¡O el Todopoderoso no asestara el cañón contra el homicida de sí mismo! ¡Oh! ¡Dios! ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Cuán fatigado ya de todo, juzgo molestos, insípidos y vanos los placeres del mundo! Nada, nada quiero de él, es un campo inculto y rudo, que sólo abunda en frutos groseros y amargos. ¡Que esto haya llegado a suceder a los dos meses que él ha muerto! No, ni tanto, aún no ha dos meses.

Aquel excelente Rey, que fue comparado con este, como con un Sátiro, Hiperión; tan amante de mi madre, que ni a los aires celestes permitió llegase con rudeza a su rostro. ¡Oh! ¡Cielo y tierra! ¿Para qué conservo la memoria? Ella, que se le mostraba tan amorosa como si en la posesión hubieran crecido sus deseos. Y no obstante, en un mes… ¡Ah! no quisiera pensar en esto. ¡Fragilidad! ¡Tú tienes nombre de mujer! En el corto espacio de un mes y aún antes de romper los zapatos con que, semejante a Niobe, bañada en lágrimas, acompañó el cuerpo de mi triste padre… Sí, ella, ella misma. ¡Cielos! Una fiera, incapaz de razón y discurso, hubiera mostrado aflicción más durable. Se ha casado, en fin, con mi tío, hermano de mi padre; pero no más parecido a él que yo lo soy a Hércules. En un mes… enrojecidos aún los ojos con el pérfido llanto, se casó. ¡Ah! ¡Delincuente precipitación! ¡Ir a ocupar con tal diligencia un lecho incestuoso! Ni esto es bueno, ni puede producir bien. Pero, hazte pedazos corazón mío, que mi lengua debe reprimirse.

— Hamlet, escena V

Esa noche el gallo cantaba como la trompeta de Chet Baker, rozaba el rosa del día al son del susurro del desdentado y guapo joven. Cantaba la voz baja una vez más, que algo. Cantaba por que habíamos dejado en el tintero de los días. El estribillo decía que al fin y al cabo nuestro olvido electroquímico no era demencia, sino miedo. Miedo archivado y cobardía quieta, con algo más de última hora, como la prisa o el querer que nos miren. Siempre que algo no nos funciona en la razón, nos subimos al primer tren espirituoso que pasa por la estación de esos momentos que no queremos que sean, los mismos que no se van, los mismos que vuelven y revuelven, timbrando en el escozor del rechazo, con la nariz hecha pedazos de tanto portazo y de tanto rechazo, como si fueran aquellos pesados testigos de Jehová que no cesaban en su empeño de evangelizar a los mundos y a los ineptos y aburridos ciudadanos.

Escena única

¿Quién vive?

Antes de que el gallo capón cante de nuevo, porque hoy es un cumpleaños. Un aniversario lleno de escobas que nos barren hacia el nicho.

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