Capítulo III — Cádiz, opening night
Una historia de padre cantador, hija y profesores de mates
«Hay quien vende paraísos, felicidad, equilibrio, iluminaciones o conexiones planetarias pero carecen de manual, de mapas, de satisfacción, de com-pensación y de pilas. Y hay quien con su tienda de barrio, te ofrece un lugar agradable que satisface tus necesidades, que te vende pilas y linternas, mapas que te ayudan y te guían al lugar donde quieras ir. Eso com-pensa y re-compensa a todas las partes integrantes».
Te voy a contar algo antes de que me dejes o me entres:
Cuando mi hija tenía cinco años y yo le cantaba, ella me tapaba la boca suavemente con sus dedos ofreciéndome a cambio un juguete de los muchos que tenía a mano siempre.
Años más tarde le pregunté el porqué.
Me contestó con esos golpes al alma que te remueven los adentros, diciéndome que cuando cantaba cerraba los ojos y me iba a algún lugar donde ella no podía encontrarme.
— Yo prefiero que te quedes aquí, papá —me decía entonces.
Cosa de niñ@s, pensaba yo.
Yo siempre creí que mi educación vocal en la escuela de música generaría en ella dulzura y calma. Así era, desde luego, de los cero a los tres años cuando le cantaba nanas ya horas antes de llevarla a la cama, su preferida: «la nana del caballo blanco».
Primera lección: mejor te vas acoplando a los tiempos (ajenos y propios).
En mi cabeza aún retumba la frase.
Luego, un par de años más tarde cuando ella ya iba a primaria, le pirraban las mates y la biología, y no hablemos de la música. «De tal palo tal astilla», dicen.
Pero el palo me lo llevé yo conmigo mismo.
¡Atiendan!
Nosotros tocábamos esos temas mientras jugábamos, con elefantes, legos, bolas de helado y todo lo que la imaginación nos tiraba en ese momento. Por aquella época yo la recogía siempre de la escuela del barrio donde vivíamos en Berlín, pero hacía días que la veía salir triste, con desazón, vamos, con una cara de papaya madura que rozaba los bordillos.
— ¿Qué te pasa mi niña?
— Nada, que me aburro —como si para ella aburrirse no fuera nada— en clase de mates. El profe no nos hace caso y solo habla él. Cuando le hacemos una pregunta no responde y no nos mira siquiera.
— Bueno, pues me preguntas a mí.
— Eso es el otro problema.
Me quedé con gesto y cuerpo de signo de interrogación.
— Sí, papá, le he dicho algo que tú no has dicho pero él lo tomó como si lo hubieras dicho y se ofendió.
— ¿Puso cara de hiena hambrienta?
— Sí, algo así, entre hiena y lagarto macho.
Uff, esto tiene tela marinera, pensé.
— ¿Y qué le dijiste que yo había dicho pero no dije?
— Pues que uno más uno son tres.
Sigue leyendo el resto del capítulo…
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