Capítulo 24 — Mi familia Gestalt
Soy Rima, la hermana del medio, quien no supo tirar ni para un lado ni para el otro. Así que, después de una deriva de zurras y búsquedas fallidas, me he quedado donde siempre he estado, en el centro del meollo, aquí donde todo ocurrió y donde todo sigue ocurriendo, de una forma emocionalmente desordenada, pero me otorga entidad, una identidad que poco a poco, voy sabiendo identificar.
Menos mal que encontré un novio rico, con cochazo, mandón, maniático como mi madre y al que no se le da bien, ni lo de envejecer, ni la religión que lo marcó. La misma que aún lo tiene mareado y de vomitera, surcando, a la deriva, por esos mares de sirenos del opus dei.
Por dominios de la vida, he estado mucho tiempo dando vueltas de campana emocionales. Con razón o sin ella.
Desde pequeña siento que la humanidad me presiona. Cuando la siento de cerca, a través de mis padres y hermanos, en reuniones de trabajo o en cenas de navidad, me engulle de tal manera ese sentimiento de inseguridad maligna que no tengo otra salida que ponerme en el lugar de jefa. Esto, después de dos botellas de vino, deja de funcionar. Es ahí cuando me entra el tembleque y se me va la pinza.
Cuando se me va la pinza la ropa vuela sin control por doquier, gobernada por los vientos repentinos y las corrientes, como si fueran hojas secas en el suelo.
Esas hojas secas me recuerdan a mi alma, porque sé que la tengo, como cualquiera. Un alma llorona y acosada constantemente por delirios que la desvisten del cuerpo.
Es entonces, cuando ya no hay marcha atrás ni tampoco marcha hacia delante, cuando comienzo a delirar. Los dientes me rechinan, las manos se emponzoñan como cables retorcidos, se me hincha el vientre como el de una cabra ahogada, me huelen los pies a musgo, se me levantan las uñas y se me crespa la lengua. El estómago se me abre de par en par y el corazón late como una puerta entreabierta, que ni se abre ni se cierra, pero que molesta con sus vaivenes y sus golpes. La piel se me agrieta tomando un tono cobrizo. El vello, ahí del vello, se me sale de los poros como púas de puercoespín llevado por el diablo.
Al no poder sostener esa fragancia dominadora, me encojo en mí misma, y comienzo a recitar nombres de hombres que no recuerdo haber llamado.
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