La trompeta doblada
A Salto de Mata
Capítulo noveno
Un día, desde un lugar de La Palma del cual siempre querré acordarme, pensé en la historia de la trompeta doblada de Dizzy Gillespie.
En sus comienzos, el de Carolina del Sur, crecido en la extrema pobreza, y que más tarde llegó a poner su huella y su humor en el multiverso de la historia del Jazz y hasta su grano en el de la Guerra Fría, ese asunto que quemaba, como otros incomprensibles, en las emociones de las gentes.
Un día, preparándose para dar un concierto, alguien le pisó la trompeta doblándole el pabellón. Dizzy no tenía dinero para comprar otra y no había forma de pedir una prestada en el tiempo que tenía.
¿Qué hizo el genio de la sonrisa, los mofletes inflados y la guasa?
Ni corto ni perezoso, se puso la trompeta en los labios, subió al escenario, sopló y descubrió que le sonaba mucho mejor. Así inventó su estilo, su sonido, como lo hizo más tarde con el Bebop junto a Charlie Parker.
Bien, mi pasión desbocada por el jazz me ha llevado a tomarme la libertad de comenzar con esta anécdota para explicarles cómo un desastre puede convertirse en un símbolo.
Historias como estas hay cientos en el multiverso del Jazz.
Y yo contaré la mía.
Siempre quise cantar, ser un músico famoso, un escritor y un biólogo, en este orden.
Cantar, canté, ya lo creo, y sigo haciéndolo, pero dar el cante y darme con un canto en los dientes, el corazón y en la vida, también, pero que también lo hice.
Llegué a ser medalla de triple oro en los «olimpedos» del ’92, el 2007, el 2012, en plena apokalipsis anunciada, y así cada año hasta más o menos el 2020, cuando, cerrando las fronteras por la dichosa pandemia, me puse el petardo en el culo y me regresé en avión para Berlín y así poder estar junto a mi hija sin importar el qué o el cómo, acción directa, cinco segundos de decisión, habilidad blanda, pin pan pum, despegamos.
Durante el vuelo reservé un apartamento, avisé a un par de amigos, estructuré un plan de acción, hice cuentas que no salían pero que terminaron saliendo, mal, pero no hay mal que por mal no venga y luego salga bien. Es cuestión de creatividad, autopoiesis y supervivencia.
Mi sagiatividad me ayudó enormemente. Soy de esos que, cuando la casa se derrumba, mientras caen los tochos y los techos, tiene la certeza de que a mí no me pasará nada. El mundo se cae, yo me levanto.
Sucedió en el 2012, a dos días de inaugurar una coctelería en Berlín, junto a un buen amigo persa, un alemán enamorado de México y una mexicana. Este último se fue con toda la pasta y nos dejó más tirados que una cáscara de plátano canario.
Bueno, esa historia de quedarse en cueros, endeudado, y sin tener la más pajotera idea de cómo pagar las cuentas, y tener que recurrir a la mafia, se la contaré en otro capítulo. Les aseguro que no tiene desperdicio. El caso es que, cuando el mundo se caía y el negocio se tenía que abrir sí o sí, yo caí en coma, no el Karma Koma sino en un coma literal debido a una peritonitis aguda, con dos erres de perro. Pero eso es también otra historia ligada a la mafia y las casualidades, eso que dicen que no existen.
Venga, que comenzamos. Ya saben ustedes que la vida arbórea me gusta más que a un chimpancé.
Las dos primeras semanas tras el estallido de lo que yo bauticé como — el retraso horario del apokalipsis anunciado para el 2012 —, vamos, tal y como pasó con la época oscura donde historiadores maniqueos, y demás machistikos sabiondos, como mínimo, se zamparon dos siglos de historia. Y ahí andamos, perdidos como un cocodrilo blanco en una tienda de todo a cien.
Esas semanas fueron de locos jugando a ser cuerdos. Llegué a Berlín, fui a casa de una amiga para pasar la noche. Al día siguiente tenía la cita con la casera del apartamento que nunca llegó, ni ella, ni las llaves ni el dinero que ya había ingresado en su cuenta, vamos, que me estafaron como a un perro con una golosina. No me había pasado nunca y nunca me ha vuelto a pasar, bueno, miento como un bellaco. A ser verdad, me han estafado con algunos asuntos de la espiritualidad: que si árboles, chacras, meditaciones, proyecciones, yo puedo, y demás licores baratos servidos en vasos de plástico como en los conciertos.
La trompeta de mi vida estaba doblada por el pabellón, primera analogía con la historia de Dizzy. No sabía dónde ir, no tenía mucho dinero, de hecho me alcanzaba para una o dos semanas, estirándolas con arroz y zanahorias. Le pedí a mi amiga que me diera cobijo hasta poder encontrar otro lugar donde pasar un tiempo y reorganizar la vida que ya tenía en otro lugar. Mi hija tenía vacaciones y el plan era que estuviéramos juntos durante ese tiempo.
— Claro, fijo, yo me ocupo, por supuesto, le dije a su madre.
Los dos primeros días fueron, dentro de lo que cabe en una situación de histerismo y miedo mundial, en la que la mayoría de la gente pensaba que la saliva del chino infectado por un murciélago chino allá en los montes chinos les salpicaría hasta si mantenían una conversación telefónica con un amigo. Un absurdo muy lógico, muy humano, demasiado humano.
Total que, quien yo pensaba que nunca caería en esos pánicos, sí que lo hizo. Otro pisotón de trompeta.
Mientras paseaba con mi hija por el canal de Berlín, un domingo por la tarde, comiendo un helado, recibí la llamada de mi amiga, la que me estaba dando cobijo. Su voz, temblequeante, con profundo miedo y superficial bondad, me comunicó que no volviéramos a casa, que se tenía que proteger, que no quería morir, que y que y más que… No pude ni pasar a recoger mis bártulos. Los fui a buscar a un lugar concertado varios días después, como si fueran un secreto de estado o una maleta con dinero.
Bueno, esto fue así, ni menos, pero mucho más. Realicé más llamadas en diez minutos que en toda mi vida. Tenía la oreja derecha como una ensaimada de Mallorca. Cada llamada era un no, dos o tres de ellas un «bueno, déjame pensarlo», o «deja que mire si puedo encontrar otra salida, te llamo de vuelta». No hubo llamadas de vuelta, ni una sola. Lógico, humano, demasiado humano, Dios ha muerto porque nunca nació. La última llamada que realicé fue a la madre de mi hija, para comunicarle la situación y que no tenía dónde ir, que no podía quedarme con mi hija. Lo entendió, ya lo creo, pero ese «puff», ya lo sabía, me indicaba todo lo contrario:
Ya la has cagado otra vez, Antón. Y tenía toda la razón, la cagué, pero en grande. Recuerden, multimedalla de oro en patinaje artístico.
Sigue leyendo el resto del capítulo…
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