Los Marinatos y las tres muertes de Creta
La cultura minoica no murió de un golpe. Cayó tres veces. Las dos primeras se levantó, reconstruyó palacios, siguió con su comercio, su cerámica, sus frescos. La tercera no. Y las tres tienen que ver con la misma isla, la que hoy conocemos por Santorini, que entonces no era un archipiélago partido en trozos, sino una sola isla entera. Provocó al final la destrucción masiva de la cultura minoica, que quedó sepultada bajo las cenizas.
Y aquí hay algo que a mí me parece precioso: los minoicos nunca construyeron murallas. Ni una. Y no es porque fueran ingenuos. Es que una muralla se defiende de un ejército, de alguien que quiere invadirte. Contra un terremoto o un volcán no sirve de nada. Su amenaza real nunca fue humana.
La erupción grande, la que todos conocen, pasó sobre el 1600 a.C. Devastó Akrotiri, mandó tsunamis contra la costa norte de Creta, tapó ciudades enteras bajo piedra pómez y ceniza — fue unas setenta veces mayor que la del Krakatoa. Los historiadores todavía discuten si fue eso lo que remató a los minoicos, o si fue la combinación de terremotos, la flota destrozada, y los micénicos aprovechando el caos para meterse dentro, porque la tercera vez los micénicos ya estaban ahí.
Nanno Marinatos, hija del arqueólogo Spyridon Marinatos, siguió con las diosas solares, los matrimonios sagrados, los ciclos de muerte y renacimiento, los rituales de fertilidad ligados al salto del toro. Y también hay que decirlo, para no idealizar el mundo minoico: en Anemospilia se encontraron restos que apuntan a un sacrificio de un joven, probablemente durante un terremoto. Pero era otra civilización. Los palacios no eran del rey y la reina — eran donde se manufacturaba todo, donde se saltaba el toro, donde se hacían los baños rituales. Todo el palacio era de todos, ricos y pobres, incluido el sitio desde donde se expedían y se recibían los productos.
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