VUELTA, REGRESO Y TRÁNSITO
Capítulo XXVI
Tengo entre mis manos un billete que me llevará de vuelta a casa.
Casa, para mí, significa dos cosas: tener un lugar donde caerse muerto, para morir feliz y contento, y la otra son aquellas personas a las que llamarles amigas me quedaría corto. No se lo puedo explicar mejor, pero esas personas son también mi casa.
Ser dueño de un billete no significa tener que viajar, todo tiene un coste y requiere de un plan. Se tiene que tener dinero para pagar los controles, porque en la vida, como en el regreso, no hay carreteras secundarias, solo autopistas de pago.
Se pagan con miedo y con dudas, se pagan con emociones y encogimientos, se pagan con ideas, ideales e ilusiones. Se pagan con proyectos y deseos. Se pagan con ganas y a gusto.
Las dudas y los miedos son, en mi caso, los billetes de quinientos, los que nos guardamos. Con el resto es con lo que pagamos los peajes y las estaciones de servicio.
¿Y la incertidumbre? Ella es el mapa que nos lleva de regreso, a Roma, a Mérida o a Katmandú.
En el mapa de la incertidumbre encontramos todas las acciones posibles que hacen que la ruta sea tallada hasta el más mínimo detalle, sin minimalismos ni libertades artísticas.
Pues ahí me encuentro, en la tarea de tener que trazar el mapa y el plan de acción de otra vuelta de hoja, y menuda vuelta de hoja.
Porque para trazar el mapa del regreso, de esa ida sin vuelta, de esa rendición que nos da la victoria, tienes que ser un peso pesado y actuar casi como Rocky Balboa. De lo contrario, en la escena de las escaleras del museo bailando al son de «Gonna Fly Now», no seremos nosotros los actores.
Estoy espiando los movimientos de mi vida con prismáticos como si fuera el detective Jack Gittes vigilando a Hill Mulwray en el lecho del Los Ángeles River en Chinatown.
El género de cine negro policiaco es el idóneo para este capítulo, ya que estoy tratando de averiguar quién o quiénes me asesinaron repetidas veces en mi vida.
En mi familia se leía poco. En mi casa, aparte de los libros de texto del colegio, había cuatro libros del Círculo de Lectores, aún precintados, los cuales fueron el regalo por comprar una enciclopedia sobre el cuerpo humano, también precintada. Música había poca. Rara vez se escuchaba la radio, y cuando se hacía solía sonar Radio Teletaxi, y ninguna otra. Insoportable.
Cuadros, casetes o cualquier otro tipo de engendro cultural no tenían sitio allí. Ya se pueden imaginar que aquello, para un niño como yo que quería ser Félix Rodríguez de la Fuente, Nino Bravo y Charlie Chaplin, entre otros y a la vez, fue como para Yossef en las mazmorras del emperador Ramsés.
Total, que decidí romper la regla, con la asunción del riesgo que corría al hacerlo.
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