Ghostwriter · Copywriter · Storyteller
«No tiremos la casa por la ventana. Tiremos la ventana por la casa.»
No soy solo escritor.
Soy guionista, director de cine y teatro, actor. Todo junto, al mismo tiempo. Mientras otros tienen un ajedrez, yo tengo los Juegos Reunidos completos. Tú decides a qué jugamos.
Lo que vendo no es un texto. Es lo que ese texto hace cuando alguien lo lee.
No hace falta que sepas qué decir. Solo necesito saber qué quieres que sienta quien te lea.
Vender, convencer, recordar, celebrar. Un precio. Sin sorpresas.
Andarríos
Antón K.
Capítulo uno
Felipe Porro Barrena, de calocho «el Rejo» bellotero mixto, algo payo algo calé, echao pa lante, hombre porfiado como el más pintao, de esos que deciden meter la cabeza por donde no cabe y, sin más, lo hacen, le cueste lo que cueste. Hombre de panda, acompañado siempre de un kipo de primos y colegas de ley. Individuo corajudo, cual un gallo capón. Gasta pecho ancho, con arranque y decisión para plantar siempre cara al que abusa de los demás. En él caben la conciencia de clase, la insumisión y el cortejo con una muerte que le persigue desde tiempos ha, asunto que ni le pilla ni le asusta. Gasta pose lustrosa, lleva ropas remendadas, y tiene un humor dicharachero. Es hombre de pocas palabras. Las que usa son medidas y precisas. Algo barbián, como lo llaman por estas tierras secas, rajadas por el viento de solano.
El Rejo es labriego y chalán. Tiene un buen ojo para las bestias, lo cual le hace triunfar en todas las ferias de ganado de la comarca. Él es un mozo que se avía con lo que sea menester, ya sea varear las aceitunas, ir a la feria a vender caballos, mulas y verracos, coger algodón en San Ibáñez o enrejar la tierra de labranza como hecho a regla y compás. Hombre de buena ley. Esta ley suya que otros la llaman juramento, consiste en cerrar el puño izquierdo y besarse con brío los nudillos. Entonces ya puede uno echar a correr. El bellotero no olvida nunca. El Rejo lleva vida amañada por obligación de un pasado soterrado. Sus hechos obstinados, abonados, derivados de un antier compartido a solas con su sombra. Sombra en la que él se mueve como un secreto en una tumba. Sin dejar por ello enterrado el asombro en las cunetas de los caminos de arena de una tierra color cecina y azafrán, extrema y dura. Al Rejo le caía simpático al Diablo.
Muchos sabían, sobre todo los más beatos, devotos de la sangre de Cristo, acerca de sus más y sus menos con las autoridades del pueblo, los guardias y los curas. Los había irreverentes, como su primo Manuel, le daban al pitarra medio tinto a base de bien para olvidar las penas de una vida un tanto arrastrada, si bien también estaban, como no podría ser de otra manera, al corriente de un buen puñado de hechos y discordias de nuestro hombre en cuestión. Los primeros, compadres de las tropas sublevadas, dispuestas a llevar el alzamiento hasta las puertas del Vaticano, esas mismas tropas, que desde el norte de África trazaron un surco que partiría el país en dos. Unos cuantos subalternos del montón, que no por ello menos atroces, entregaban a la dichosa causa todo cuanto tenían, envidia y sed de venganza por sucesos de antaño, mucho más no poseían esas gentes. Una vez cobrados los pueblos y las capitales por ejército rebelde al que esas gentes de la derecha ayudaron, los manda más de este ejército se dispusieron a devolver el favor en algunos casos con creces, partiendo y repartiendo con inclinaciones varias que dejaron a su vez más asuntos pendientes. Los pueblos quedaron partidos por el muerdo de la envidia, el changüí y la entrega a achares profundos.
Los segundos se las apañaban como podían, y en muchos casos se acunaban al calor que dan unas perras chicas a cambio de testimonio, sin importarles mucho quien pagaría el precio más caro por ello. La historia del resto por si sola fue el silencio y el olvido. Los secretos a voces corroyeron las almas de los guardias civiles, siempre dispuestos y con el dedo índice en el gatillo. Los guardias civiles andaban atareados todo el tiempo en sus quehaceres de montería, husmeando cada palmo de tierra en busca de las guaridas donde se amparaba el enemigo, para darles caza. Éstas presas de montería, en su mayoría yunteros de los pueblos limítrofes, andaban esparcidos por el monte, como alimañas, con sus pupilas ajetreadas y el susto en sus adentros, sobrevivían con su alias a cuestas y las tripas agitadas.
Estos verdugos de la benemérita, siempre con la vista puesta en el ascenso, alicataron la amargura del Rejo, que apechugó de largo con el fardo del sufrimiento con paciencia lisiada, ponzoña, e inocencia altanera. Lo llevaba todo apretado entre sus dientes. Pegado a la boca del estómago como un martinete que marcó el compás para el resto de sus días. El Rejo se había ido de naja como si hubiera hecho un changa con el Diablo o fuera un virote mandilón, ambas cosas muy ciertas. Andaba oculto en los Cerros de Alange, paraje conocido de siempre por la familia, tanto por ser el lugar donde dan comienzo las tormentas eléctricas más bárbaras de la región, como por ser lugar de regocijo.
El Rejo sabía menos que poco lo que en esos momentos se cocía en su pueblo. Un tanto de lo mismo sabía él como andaban en su casa. La madre muerta en la tapia del cementerio. A la cual la trajinaron, al proponer la infeliz mujer un trueque crédulo y llano, a los guardias que custodiaban a los galapeños. Ésta intentaba salvar su yerna, apresada por la benemérita y sin remedio alguno. Como canje le dieron mulé con un tiro en la nuca y, allí tirada dejaron a la mujer, oliendo a chamusco y pólvora. El padre del Rejo, cabizbajo y destrozado tanto por dentro como por fuera, al enterarse de lo sucedido, se fue en busca de su mujer muerta. El pobre hombre paseaba su ansiosa busca en balde. Pululaba él por el condenado lugar como un perro apaleado y viejo, en silencio, con la pena a cuestas y las llagas de pérdida supurando dolor.
Se creía solo y desdichado, lo estaba, pero no todos los suyos habían caído bajo el espíritu de la acción de limpieza que algunos se proponían por aquellas fechas. Se tuvo que resignar con unas gotas de sangre que doblegaban su destino. Rebuscaba consumiéndose rápido, cual el barbecho en llamas, ni que fuera un minúsculo rastro con el que untar el pañuelo de bodas que lleva bien agarrado entre sus trémulas manos. El pañuelo de su mujer bordado por su suegra con sus iniciales, aún relucía el blanco de cal y divino de tiempo de otros tiempos mejores. El ahora pobre viudo no podía aspirar a más que sepultar a su mujer en el bolsillo del pantalón de pana de labriego. Y esperar estar pronto a su lado y dejar los achaques varios en una tierra que ardía en una guerra maldita y anunciada previamente.
La Justa, mujer del Rejo, placentina de nacimiento, creyente y esposa sublime, era tuerta, a lo que los bamboleos políticos de su marido atañe. La Justa, preñada de siete meses, esperaba, con la cabeza pelada al cero, paciente como una garza, en los sótanos del cuartelillo, una muerte que no iba ya a poder burlar. Los guardias, junto algunos requetés y falangistas, la llevaron al baile siniestro junto a una docena más de presuntas viudas, con la cantinela de que su marido la había palmado en la sierra, para apretar a la mujer más la tuerca de la desdicha. Le dieron purgante a base de bien. «—Pa que cagéis vuestro comunismo zorras —vociferaban los guardias que las custodiaban.» Al coro de la guardia civil se unían muchos habitantes, los cuales desde el quicio de las puertas de sus casas y las aceras le lanzaban objetos varios, a sus propios vecinos, sobre todo piedras, propinando toda clase de afrentas a las que eran conducidas al paredón o a la plaza del pueblo. Así mordía la envidia y el fanatismo igual de fatuo como de peligroso en aquellos tiempos, por aquellos lugares castúos, del principio de la Guerra Civil.
«—La qui lagrimé la fusilamo! —impelía el capitán Chamorro, centinela de los bienes de los apoderados del pueblo, montado en su caballo con pose de adalid. Iba el capitán marcando pecho. Con la mueca de empacho de aguardiente y tufo morcilla en el aliento le soltaba algún que otro gargajo a las presas. Ya en el cuartelillo, la Justa platicaba con el feto, vástago de la nada y de la ausencia.
A Ana María «la Liebre», hermana mayor del hombre que nos concierne, la habían prendido los guardias, siempre pendientes de todo movimiento, como las lechuzas de noche, cuando andaba, monte a través, camino de los cerros de Alange, para llevar noticias de casa y un poco de avío para su hermano. Con esa acción, saldarían los guardias del pueblo con el Rejo, viejas cuentas y pesados rencores pendientes. Mientras tanto el joven bellotero, picado e irreverente, esperaba entre peñascos, con los nervios metidos entre uñas y dedos la llegada de su hermana Ana María, la cual no se había dejado ver por allí desde hacía varios días.
— Fragmento de muestra — © Antón K.
A salto de mata · Autorradiografía
CAPÍTULO XXV
El pasado desastre
«El manifeto»
En el día de hoy, desde la Canarias, con una calima y un viento de fuego que te deja las mejillas como un balón de cuero del año setenta y uno, voy a intentar sostener este relato y no irme por las ramas.
En una madrugada de un Diciembre mi madre se puso de parto. Despertó a mi padre y a mis yayos, y se pusieron todos en marcha. Salieron pitando para la calle dejando a mi madre atrás. Mi yaya de un salto se puso en medio de un paso de cebra con la intención de asaltar el primer taxi que pasara por allí, estuviera libre o ocupado. Mi yayo iba de pared en pared y no atinaba a salir de la cancela. A mí padre le dio por peinarse de forma recurrente.
El taxi frente a la puerta. Mi yayo de pared en pared y mi padre dándole en todas las direcciones al peine negro de plástico.
Mi madre bajaba sola por el ascensor mientras mi yaya subía maldiciendo por las escaleras.
Fui el primogénito de tres hermanos y un buen puñado de primos.
Las familias lucharon por mi nombre como dos bandos en la guerra civil. Al final me pusieron el de mi padre.
Dentro del taxi, en dirección al Valle de Hebrón, puse el turbo y me dispuse a salir cuanto antes. Mi madre resoplando y yo empujando.
Ya con las sienes rozando el cuero del asiento trasero del taxi llegamos a las puertas del hospital. Mi madre me empujó como pudo de nuevo hacia adentro. Eso fue una idea que no debió gustarme nada.
De la puerta de entrada a una sala de parto iluminada por una luz fría y azulada de fluorescente.
El médico llegó con un cigarrillo entre los dientes que escupió justo al pasar el marco de la puerta. Mi madre sudando como una bota de vino agujereada, y gimiendo como las olas del Atlántico en un día como hoy le dio las gracias a dios.
Para ir al grano, de querer salir ya en el taxi a no querer salir por nada de este mundo. Al final me sacaron por cesárea, mudo como una pared sin cuadros. Después de varios azotes el médico me tomó por los tobillos como a Edipo y me metió un azote con saña y certeza. No arranqué a llorar, pero solté un escupitajo que fue a parar a la entrepierna del médico.
Según mi yaya, antes de arrancar a llorar abrí los ojos y le tiré una mirada al doctor que para haberlo matado.
Naciste con un humor de perros, me decía ella a menudo. Y así me quedé, con el humor y la vida de perro callejero.
Adoraba a mi yaya como se adora a una diosa, y quería a mi madre con el corazón en la garganta, como el que ama la vida antes de ser ejecutado. Con mi padre nunca fui muy íntimo, su ausencia desarrolló en mí un vínculo muy lejano, como el que se tiene con un primo que no se conoce. Nunca nos faltó de nada, comíamos rebien y vestíamos a la última. Lo único de lo que carecíamos mis hermanas y yo era de su presencia.
Nací con una extraña enfermedad. Tenía los bronquios como los tendría alguien que ha fumado celtas sin boquilla toda su vida.
Eso y la situación en casa y la familia me llevó a ser un niño introvertido. Pronto desarrollé un amor intenso por todos los bichos, sobre todo perros y aves. Jugaba a ser un indio de las praderas. Me recorría el pasillo una y otra vez tirando flechas imaginarias y saltando sobre los brazos de un sofá granate, muriendo como se muere en las películas.
Y así me quedé, perro, indio y peliculero.
Al no saber tratar con las ausencias de mi padre y las crisis emocionales de mi madre, junto a toda la violencia hogareña, me convertí en un niño ausente que se construyó un mundo mágico a su medida, y esa medida no era chica. Este atributo también me acompañó hasta hace unos meses cuando por circunstancias de la vida, en vez de caerme como tantas veces de la bici, me pegué de bruces contra el piso, menudo planchazo de chulo de playa me di.
La realidad que yo veía, me resultaba tan insoportable, que nunca más se me dio bien el quedarme quieto en ninguna. Pasó con la música, con el teatro y el cine, con todo propósito. Me sucedió tres cuartos de lo mismo con la mayoría de las relaciones, sobre todo con la madre de mi hija y, aunque suene naif y poco rockandrolero, el amor de mi vida. No solo estropeé mi vida, sino que hice la suya insoportable que la mayoría del tiempo, los últimos cinco años de los muchos que estuvimos juntos, tenía la misma cara que un loro enjaulado que se arranca las plumas por estrés.
Nos queríamos, pero nos mentíamos más que Apolo a sí mismo. Esquivábamos cualquier enlace o puente que nos llevara a un lugar más íntimo. Empero los primeros años fueron supremos como una tarta de chocolate belga con castañas. Y de castañas fue la cosa, pues nos dimos un buen castañazo.
Así que mi vida de perros fue como el castigo que recibió el héroe griego por parte de su padre. En vez de cuidar de vacas y yeguas me puse hasta las cejas de todo lo que me antojaba. Drogas, fiestas, bebidas, escenarios. Tanto me gustaba interpretar que me interpretaba a mí mismo. El problema fue que siempre que escogía mal los papeles para luego actuarlos muy bien, porque eso sí, el niño perro nació con muchos collares. Dones que tiré por la borda cada vez que escuchaba lo de tierra a la vista, o sea, para mí, éxito a la vista.
Detrás de ellos iba yo. Y entre dentada y dentada de tiburón, llegaba a otra isla o a otro barco, y de nuevo a zarpar con renovada tripulación.
Los trabajos se me dieron mal. Carajo, yo quería ser poeta y cantante, como Jim Morrison, que murió poco antes de que yo naciera. Y así me fue, media vida entre el nacimiento y los veintisiete años pensando que el mundo acababa a esa edad, como los romanos pensaban que el mundo acababa en Finisterre.
Poeta fui, soy y seré. Morrison aún lo escucho, pero con freno, desde otro lugar.
Fui y soy cantante, como cantaba Héctor Lavoe.
Y ausente…ahí mi madre! Por mucho que pensara lo contrario, lo he sido hasta el sopetón que me di hace unos meses, donde casi me muero como los malos en el diluvio bíblico. Yo ya me veía como una lagartija ahogada en un barreño.
Pero bueno, les podría contar tantas cosas que creo que voy a escribirles varios capítulos autorradiográficos. No ya para aprovechar la catarsis, pero sí la parálisis permanente que me mantuvo, por mucho que pensara que mi arte era ser artista, y la espiritualidad estaba en cualquier lado, sobre todo del mío, entre nubes y laureles, mentiras, cintas de video y mucha droga, pero que mucha.
Solo les voy a decir una cosa como anticipo: tanto quise y quiero a mi hija, tanto quise y sigo queriendo a ese amor de mi vida, que me ausenté de sus vidas aún estando de «cuerpo presente». Eso es algo que hoy aún no me perdono, pero como al parecer, y visto lo visto, tengo más vidas que un parque lleno de gatos, voy a seguir puliendo ese material ingrato que soy, porque de aquí nadie sale vivo, y el que no ha vivido y no ha dejado vivir, más muerto aún ha estado en vida.
Antón K. — antonkaegikah.com