MATRIOSTIKA · JUEVES 24.9.26
LA SINERGIA OLVIDADA
Lola y Juan han decidido hoy hacer turismo por la isla más grande de Grecia, Creta. Este año han decidido viajar allí y Creta es una visita obligada.
Lola es periodista y escritora. Juan es profesor de Historia en un instituto.
Han llegado en barco. Caminan tierra adentro hacia el palacio de Cnosos. Un paisaje mediterráneo se extiende entre olivares, tierra seca y ondulaciones del terreno. Lola mira a su alrededor por el visor de la cámara fotográfica para ponerla a punto y comenzar a tirar fotos. Enfoca unas montañas que le recuerdan que Creta es una isla de relieves abruptos. Juan está concentrado en el mapa. Ambos saben lo justo sobre aquel lugar. Tienen una sensación inquietante, algo les desconcierta, pero no saben qué es. Se quedan con la sensación de sentirse como en casa. Lola es de Cáceres y Juan de Badajoz, ambos viven en Mérida.
Ya dentro del palacio, lo primero que encuentran es el patio central, abierto entre ellos y rodeado por las distintas alas del palacio.
Lola alza la cámara para hacer la primera foto.
Las paredes conservan restos de colores y formas que todavía le permiten imaginar cómo debió ser aquel lugar: figuras humanas, delfines, flores, escenas de procesiones y celebraciones.
Siguen caminando. En una de las salas aparecen las figuras de la llamada diosa de las serpientes, con los brazos extendidos y las serpientes en las manos.
Segunda foto.
Jarras, vasijas, formas y dibujos. Tercera, cuarta, quinta foto…
Y entonces aparece el toro.
En una de las representaciones, varias figuras humanas —mujeres y hombres— aparecen en distintas fases de un salto sobre el animal.
Juan se queda mirándolo.
—¿Tauromaquia?
Lola no responde. Deja de fotografiar.
Los dos vuelven a mirar la imagen más de cerca. No hay plaza, no hay público. No hay rastro de lo que ellos asocian con esta palabra.
Solo un toro, cuerpos en movimiento, mujeres y hombres y esa escena que ninguno de los dos sabe interpretar.
El revuelo de inquietud crece.
Ya de vuelta al barco, con el palacio y todo lo que han visto detrás, dentro de sus pensamientos, y el puerto delante, ambos se miran como el que ve una noria por primera vez.
A Lola y Juan les sale la misma expresión de la boca:
—¿Te has dado cuenta?
Ninguno de los dos se había dado cuenta de que el palacio de Cnosos está situado en una zona relativamente llana y que no tiene esas grandes murallas defensivas que ellos daban por hecho.
Un revuelo de inquietud intelectual le bombea la cabeza.
No dicen nada más, se quedan pensativos.
Toman el barco que les lleva de regreso al hotel de Heraclión.
Cenan en el comedor del hotel. Casi no hablan. Acaban la cena sin postre y regresan a la habitación. La inquietud sigue ahí.
Juan enciende el PC.
Lola abre su cuaderno y revisa algunas fotos en la pantalla de su cámara digital.
Escriben Creta, arte, historia, Cnosos en el buscador.
En cuestión de segundos, este les muestra una cantidad de términos que desconocían: cultura minoica, taurocatapsia, comercio, arqueología, Gimbutas, Eisler, Souvirón, Fuller, Maturana, Matríztika, agónico, no agónico, micénicos, Lineal A, Lineal B, sinergia…
Ambos se miraron en silencio.
Tenían tantas palabras nuevas que no sabían por dónde comenzar, pero sabían que tenían que seguir.
En contra de lo planeado —salir a pasear y disfrutar de una noche mediterránea, sentarse en un bar y tomar unas copas de vino griego, disfrutar de su viaje en un lugar tan mítico—, se habían emborrachado de una parte de la historia de Grecia de la que poco habían oído hablar.
Lola y Juan estaban rendidos ante aquel aluvión de términos, de historia, de emociones que todavía rebotaban en sus cerebros y sus sistemas como una pelota de goma sin rumbo.
Sin más fuerzas, decidieron hacerse una infusión y acostarse.
Lo hicieron en silencio.
Por dentro, la pelota de goma hacía su trabajo, cada rebote cambiaba de sentido, llevando un nuevo término a lo que ambos acababan de descubrir.
Mañana sería otro día.
Pin, pan, pun, pen, pon: Cnosos, asociación, Matríztika, sinergia….
A la mañana siguiente cayeron dos cafeteras, después de pasar la noche como una pelota de pinball.
Juan volvió a abrir el PC. Lola tenía su cuaderno abierto.
En verdad, ninguno de los dos buscaba respuestas, más bien asociaciones, una relación que enganchara todos esos conceptos que tenían en la cabeza.
Comenzaron por la cultura minoica.
Una sociedad que había crecido sin tener que vivir de espaldas al mar y sin estar aislada.
Comercio, trueque, madera, cerámica, ritos, ceremonias, productos que salían, productos que llegaban.
Todo parecía formar parte de una red mucho mayor de intercambios.
Juan volvió a la fotografía del toro.
Hombres, mujeres, un toro, movimiento.
—Taurocatapsia —dijo Lola.
Siguieron leyendo.
Entonces apareció de nuevo aquella palabra:
—Sinergia, Fuller.
Una idea sencilla y, al mismo tiempo, difícil de explicar:
—Quizá un sistema no pueda comprenderse solamente mirando cada una de sus partes.
Ambos se quedaron absortos, quietos, mirando hacia ningún lugar en concreto.
Quizá había que mirar qué ocurría entre esas piezas de un puzzle antiguo.
Volvieron a la pantalla.
Riane Eisler.
Asociación.
Dominación.
Marija Gimbutas, arqueología.
Diosas.
No como dos mundos perfectamente separados, sino como distintas formas de organizar las relaciones humanas.
Después apareció el biólogo Humberto Maturana.
Emoción.
Lenguaje.
Relación.
Y junto a él, Matríztika.
Una palabra que empezaba a adquirir otro sentido.
No era una etiqueta para Cnosos.
Era otra manera de mirar cómo los seres humanos construyen sus mundos mientras viven juntos.
Juan pensó en sus alumnos.
Durante años había explicado Historia hablando de reinos, fronteras, guerras, conquistas, imperios, fechas y nombres.
Todo eso seguía estando allí.
Pero quizá también había otras historias.
Otras formas de organizar la vida.
Otras maneras de relacionarse.
Quizá la historia no necesitara ser reescrita, sino volver a mirar aquello que pudo ser.
Quizá también pudiera volver a contarse desde otros lugares.
Lola seguía escribiendo.
En una esquina de la página había anotado:
—¿Y si…?
No terminó la frase.
Los dos volvieron a mirar la fotografía del toro.
La pelota seguía rebotando.
Pero ahora empezaba a cambiar de dirección.
De vuelta en Mérida, Lola y Juan comenzaron a enseñar las fotografías a sus hijas.
Rima tiene veinte años. Iris, dieciocho.
Las cuatro cabezas se juntaron alrededor de la pantalla.
—¿Y esto qué es?
Lola pasó una fotografía. El patio central. Otra, los frescos. Otra, la mujer con las serpientes. Otra, el toro.
Juan comenzó a contarles lo que habían visto. Pero pronto se dio cuenta de que no estaba dando una clase. Él también estaba aprendiendo. Las preguntas de sus hijas le devolvían otras preguntas. Lola tenía el cuaderno lleno de anotaciones. Palabras, nombres, flechas, relaciones, asociaciones. Algunas cosas las entendían. Otras todavía no. Y otras, sencillamente, quedaban abiertas.
Juan pensó en sus alumnos.
Lola pensó que quizá aquello podía convertirse en un artículo.
Quizá después en un libro. Pero eso vendría después.
Ahora estaban los cuatro allí, mirando una fotografía. La del toro, hombres, mujeres, un animal, un movimiento detenido en el tiempo.
No sabían exactamente qué había ocurrido allí, pero podían mirar la imagen, podían hacerse preguntas, podían intentar relacionar las piezas.
Y quizá eso fuera suficiente para empezar.
Lola pasó una última página de su cuaderno. En ella había escrito algunas de las palabras que habían aparecido durante aquel viaje.
Como si fueran los créditos de una película.
Sinergia.
Asociación.
Agónico.
No agónico.
Matríztika.
Fundido a negro.