A salto de mata · Autorradiografía
CAPÍTULO XXV
El pasado desastre
«El manifeto»
En el día de hoy, desde la Canarias, con una calima y un viento de fuego que te deja las mejillas como un balón de cuero del año setenta y uno, voy a intentar sostener este relato y no irme por las ramas.
En una madrugada de un Diciembre mi madre se puso de parto. Despertó a mi padre y a mis yayos, y se pusieron todos en marcha. Salieron pitando para la calle dejando a mi madre atrás. Mi yaya de un salto se puso en medio de un paso de cebra con la intención de asaltar el primer taxi que pasara por allí, estuviera libre o ocupado. Mi yayo iba de pared en pared y no atinaba a salir de la cancela. A mí padre le dio por peinarse de forma recurrente.
El taxi frente a la puerta. Mi yayo de pared en pared y mi padre dándole en todas las direcciones al peine negro de plástico.
Mi madre bajaba sola por el ascensor mientras mi yaya subía maldiciendo por las escaleras.
Fui el primogénito de tres hermanos y un buen puñado de primos.
Las familias lucharon por mi nombre como dos bandos en la guerra civil. Al final me pusieron el de mi padre.
Dentro del taxi, en dirección al Valle de Hebrón, puse el turbo y me dispuse a salir cuanto antes. Mi madre resoplando y yo empujando.
Ya con las sienes rozando el cuero del asiento trasero del taxi llegamos a las puertas del hospital. Mi madre me empujó como pudo de nuevo hacia adentro. Eso fue una idea que no debió gustarme nada.
De la puerta de entrada a una sala de parto iluminada por una luz fría y azulada de fluorescente.
El médico llegó con un cigarrillo entre los dientes que escupió justo al pasar el marco de la puerta. Mi madre sudando como una bota de vino agujereada, y gimiendo como las olas del Atlántico en un día como hoy le dio las gracias a dios.
Para ir al grano, de querer salir ya en el taxi a no querer salir por nada de este mundo. Al final me sacaron por cesárea, mudo como una pared sin cuadros. Después de varios azotes el médico me tomó por los tobillos como a Edipo y me metió un azote con saña y certeza. No arranqué a llorar, pero solté un escupitajo que fue a parar a la entrepierna del médico.
Según mi yaya, antes de arrancar a llorar abrí los ojos y le tiré una mirada al doctor que para haberlo matado.
Naciste con un humor de perros, me decía ella a menudo. Y así me quedé, con el humor y la vida de perro callejero.